Hace unos años, cuando
laburaba como remisero en San Isidro, me tocó llevar a una señora muy simpática
y conversadora, tenía unos 85 años y una predisposición vital muy vivaz. Me
contó algunas anécdotas de su vida y me dijo un par de cosas que me quedaron
dando vueltas. Una de ellas fue: cuando yo era joven, nosotros sabíamos que si
nos rompíamos el lomo laburando podíamos tener nuestra casa propia, hoy,
ustedes, los de tu generación, saben que por más que trabajen mucho no van a
llegar. Sin saberlo, esa señora condensó en esta frase basada en la vida real y
no en libros de sociología, una buena parte de la historia de este país. La
toma de tierras de Guernica es una urgencia, que se precipitó de manera
multicausal por la pandemia. Pero lamentablemente sólo es la punta del iceberg.
Y no hago referencia acá únicamente a las personas en situación de calle o que
están por debajo de la línea de pobreza, sino también a ese amplio espectro llamado clase media. El 80%
de quienes están leyendo esto son inquilinos, o sea alquilan una propiedad para
vivir. Y todos sabemos que alquilar se ha vuelto cada vez más complejo. Las
condiciones y requisitos que se solicitan son altamente excluyentes, en
términos de presentar avales legales, en términos de cuestiones personales y en
términos de montos. Y en el caso de que esos requisitos y condiciones sean más
laxos, el inmueble en cuestión en general es un lugar en el que nadie en su
sano juicio elegiría vivir. Una flamante ley de alquileres, en vigencia desde
julio, promete traer un respiro a los inquilinos, ‘amplía sus derechos’
sostienen sus promotores. A pesar de esto, habría que ver, en términos reales y
prácticos, hasta qué punto va a resultar beneficioso, pues la última palabra
siempre la tiene el propietario, que podría incluso no alquilar más su inmueble…
o volcarse al mercado no regulado. La casa en la que actualmente vive mi padre,
un hombre de 75 años que sólo se dedicó a trabajar, la pudo obtener a través de
un plan quinquenal de Perón, en la década del 60. ¿Se podría lanzar hoy un plan
quinquenal como en aquella época? ¿Alcanzaría un programa de acceso a la
vivienda de esas características ante la demanda actual? ¿Existen las plazas
suficientes para que todos podamos tener nuestra casa propia en un país que
tiene la octava extensión de tierra más grande del mundo y en la que habitamos
unas 50 millones de personas? ¿Es sostenible el plan Procrear en el contexto de
una economía inestable? ¿Cuánto dinero mensual necesita hoy una pareja de
veinteañeros para alquilar, vivir, comprar un lote y mientras tanto construir
su casa? ¿Cuántas personas pudieron acceder a su casa propia en los mejores años
del kirchnerismo? ¿Qué papel juega, en toda esta situación, la tan mentada
oligarquía terrateniente de este país? El déficit habitacional no es una problemática
propia de Argentina. En Estados Unidos, un país desarrollado y de economía
pujante, cada vez hay más homeless y
ciudadanos de clase media viviendo en autos en estacionamientos abiertos. En Europa,
hay casos de jóvenes trabajadores y estudiantes que viven en departamentos de
10 metros cuadrados. En África, las precarias condiciones de hábitat llevan a
las masas a morir por infecciones como el cólera, la polio y la tuberculosis. Como
hemos escuchado en estos últimos meses, la pandemia ha sacado a la superficie problemas
de vital importancia, que hasta que el mundo no se paró se podían seguir
metiendo bajo la alfombra. Y mientras tanto el número de muertos por Covid-19
aumenta, el cambio climático se recrudece, la economía se hunde y buena parte del mundo se prende literalmente
fuego. Tal vez haya llegado el momento de empezar a pensarnos como
sobrevivientes. Lo que, en el mejor de los casos, implicaría un cambio en
nuestra consciencia.