sábado, 31 de octubre de 2020

Guernica, propiedad privada y déficit habitacional

 

Hace unos años, cuando laburaba como remisero en San Isidro, me tocó llevar a una señora muy simpática y conversadora, tenía unos 85 años y una predisposición vital muy vivaz. Me contó algunas anécdotas de su vida y me dijo un par de cosas que me quedaron dando vueltas. Una de ellas fue: cuando yo era joven, nosotros sabíamos que si nos rompíamos el lomo laburando podíamos tener nuestra casa propia, hoy, ustedes, los de tu generación, saben que por más que trabajen mucho no van a llegar. Sin saberlo, esa señora condensó en esta frase basada en la vida real y no en libros de sociología, una buena parte de la historia de este país. La toma de tierras de Guernica es una urgencia, que se precipitó de manera multicausal por la pandemia. Pero lamentablemente sólo es la punta del iceberg. Y no hago referencia acá únicamente a las personas en situación de calle o que están por debajo de la línea de pobreza, sino también a ese amplio espectro llamado clase media. El 80% de quienes están leyendo esto son inquilinos, o sea alquilan una propiedad para vivir. Y todos sabemos que alquilar se ha vuelto cada vez más complejo. Las condiciones y requisitos que se solicitan son altamente excluyentes, en términos de presentar avales legales, en términos de cuestiones personales y en términos de montos. Y en el caso de que esos requisitos y condiciones sean más laxos, el inmueble en cuestión en general es un lugar en el que nadie en su sano juicio elegiría vivir. Una flamante ley de alquileres, en vigencia desde julio, promete traer un respiro a los inquilinos, ‘amplía sus derechos’ sostienen sus promotores. A pesar de esto, habría que ver, en términos reales y prácticos, hasta qué punto va a resultar beneficioso, pues la última palabra siempre la tiene el propietario, que podría incluso no alquilar más su inmueble… o volcarse al mercado no regulado. La casa en la que actualmente vive mi padre, un hombre de 75 años que sólo se dedicó a trabajar, la pudo obtener a través de un plan quinquenal de Perón, en la década del 60. ¿Se podría lanzar hoy un plan quinquenal como en aquella época? ¿Alcanzaría un programa de acceso a la vivienda de esas características ante la demanda actual? ¿Existen las plazas suficientes para que todos podamos tener nuestra casa propia en un país que tiene la octava extensión de tierra más grande del mundo y en la que habitamos unas 50 millones de personas? ¿Es sostenible el plan Procrear en el contexto de una economía inestable? ¿Cuánto dinero mensual necesita hoy una pareja de veinteañeros para alquilar, vivir, comprar un lote y mientras tanto construir su casa? ¿Cuántas personas pudieron acceder a su casa propia en los mejores años del kirchnerismo? ¿Qué papel juega, en toda esta situación, la tan mentada oligarquía terrateniente de este país? El déficit habitacional no es una problemática propia de Argentina. En Estados Unidos, un país desarrollado y de economía pujante, cada vez hay más homeless y ciudadanos de clase media viviendo en autos en estacionamientos abiertos. En Europa, hay casos de jóvenes trabajadores y estudiantes que viven en departamentos de 10 metros cuadrados. En África, las precarias condiciones de hábitat llevan a las masas a morir por infecciones como el cólera, la polio y la tuberculosis. Como hemos escuchado en estos últimos meses, la pandemia ha sacado a la superficie problemas de vital importancia, que hasta que el mundo no se paró se podían seguir metiendo bajo la alfombra. Y mientras tanto el número de muertos por Covid-19 aumenta, el cambio climático se recrudece, la economía se hunde y buena parte del mundo se prende literalmente fuego. Tal vez haya llegado el momento de empezar a pensarnos como sobrevivientes. Lo que, en el mejor de los casos, implicaría un cambio en nuestra consciencia.


viernes, 30 de octubre de 2020

Diego

 

Los que me conocen saben que el fútbol me chupa un huevo. Me da lo mismo si el Barcelona es quíntuple campeón mundial o si el River de Gallardo es magistralmente imparable. Me pinta el futbolero cada vez que hay un Mundial, porque se supone que ahí están los mejores, y que se puede apreciar un buen espectáculo. Aunque sé que la magia de este juego puede también suceder en un partido de la primera D o en un picado acá a la vuelta. Pero es así, qué se le va a hacer, nací racional y moriré pecho frío, no es la muerte de nadie (y duermo plácidamente por las noches). Pero por Maradona tengo un cariño especial. No sólo por lo que él es y representa como trascendencia futbolística. Sino porque, modestamente hablando, él encarna lo mejor y lo peor de ser argentino, de esta rara mezcla genética y de latitudes de razas a la que se llama argentinidad. Un pibe que nació con un don, en un contexto de extrema pobreza, que la pegó como nunca imaginó y que cayó en la adicción. Una tragedia de la Antigua Grecia, pero representada en un país de Sudamérica en el siglo XX. Diego Maradona es al pan pan y al vino vino, un tipo que puede ser extremadamente tierno o prenderte fuego con la mirada, alguien a quien no le importa estar equivocado sino tener razón, un tipo que se cayó y volvió a levantar miles de veces (porque ser adicto es eso, es caerse y levantarse un montón de veces), un ser pasional, que te puede querer cagar a trompadas y a los diez minutos invitarte una cerveza. Es, en definitiva, como todos nosotros, un ser imperfecto. Pero también el mejor jugador de fútbol que existió sobre la faz de la tierra.

jueves, 29 de octubre de 2020

Paradoja del solitario

 

Qué más quisiera yo que estar con Giselle, tomando una cerveza y siendo un tipo feliz. Sentado en el cordón de un barrio cualquiera, mirando sus gestos y facciones, mientras cae la tarde, sin importar otra cosa o acaso la brisa de los árboles. Ella me hablaría de política, de filosofía, sobre injusticias sociales o causas urgentes, me contaría sobre sus deseos de realización y sus planes a futuro, me retrucaría sin ofensas bajas mis pelotudeces. Y yo haría lo que mejor sé hacer: asentir. Y sostenerle la mirada. Y también me haría el librepensador, el soberbio, el que ya pensó formidables soluciones para todos los problemas de este mundo. Pero todo eso sería lo de menos. Lo importante sería tenerla a ella, su compañía, atesorar ese momento en algún habitáculo del cerebro. Lo realmente importante sería pararse en la vereda de en frente y decir: miralos a esos dos, la están pasando bien, y sacarnos una foto. Una foto que vaya al archivo mundial de personas que, al menos por un momento, un día de primavera, en el culo de la vía láctea, fueron felices. Y no necesitaron más que estar un rato juntos. Porque si no ocurre lo contrario. Porque la vida no perdona. Siempre nos va a pasar por arriba.

martes, 27 de octubre de 2020

El gran fabulador

 

Cuando Flores robadas en los jardines de Quilmes se publicó en el invierno de 1980, rápidamente se convirtió en best seller. Y como dice el mismo Asís, tuvo entre sus particularidades ser un parteaguas: de un lado los que la defenestraban, y del otro quienes la tomaron como una bocanada de frescura en plena dictadura. Era, si se quiere, una patada de posmodernismo en medio de una época convulsionada por los aires de cambios radicales. Y era, también, si se quiere, una suerte de consuelo diáfano ante el fracaso, la decepción y el terror. ¿Se puede hablar de esta novela sin un ‘posicionamiento político’? ¿Hay en ese récord de ventas inicial un desahogo generacional? ¿Se trataba acaso de una novela ‘para intelectuales’? ¿Se podría tranquilamente haber llamado Diario de un cretino? ¿Abre o presenta esta novela, tal vez sin saberlo, ese recurrente tópico que sobre vuela el éter cada determinados años: “irse del país”? No están acá las respuestas. Sería interesante rastrear desde cuándo se instaló esa idea de emigrar, si consideramos que aproximadamente entre las décadas del 40 y del 80 se produjo la estampida de los cabecitas negras hacia lo que hoy conocemos como AMBA. Y si consideramos, también, cuán en auge se encuentra en este momento, fogoneado por los autopercibidos libertarios bajo las consignas ‘este país es inviable’, ‘la única salida es Ezeiza’, ‘somos Venezuela’. Por lo demás, vale decir que, en 1980 se publicaron, en principio, dos grandes y significativas obras de la narrativa de este país. Una es Respiración Artificial, de Ricardo Piglia. Y la otra es Flores robadas en los jardines de Quilmes, de Jorge Asís. Porque sí, nos guste o no, Asís, el gran fabulador, es un escritor con mayúscula. Y, pese a quien le pese, su obra ha dejado un inquebrantable mojón en la historia de la literatura argentina.

lunes, 26 de octubre de 2020

Un mundo razonable

 Sobre un camino y siete tempestades. De eso siempre termina hablándome. A mí me da un poco de vergüenza hablar con él, no sé, tal vez sea pudor o culpa. Yo tengo casa, ropa, comida, voy y vengo como si nada, tengo mi rutina. Él en cambio lo único que tiene es una sonrisa agria, un abrigo hediondo, es imposible encontrar algo bueno en eso. No lo juzgo. Sólo digo que es un ser extraño, alguien que se equivocó de mundo, una causa perdida. Porque es verdad que el dinero no lo es todo, pero a mí me ha permitido llegar a donde estoy, desarrollarme, criar a mis hijos. Porque, en definitiva, a las palabras se las lleva el viento, son los hechos los que cambian la vida de la gente, y los hechos, en este mundo, se consiguen con dinero. Que alguien me diga si estoy equivocado. ¿Soy razonable o qué? ¿No es este un mundo razonable? ¿Un mundo que se encarga de poner a cada cual en su lugar, que recompensa al que se esfuerza y es dedicado? En cambio él, que deambula erráticamente por nuestras vidas con su pobre alma, ¿a dónde ha llegado? ¿Qué ha hecho por todos nosotros? ¿Cómo ha mejorado la sociedad? Igual no lo juzgo. Él habla y me cuenta sobre historias que ha leído y escuchado, me dice que le gusta mucho no sé qué cosas del antiguo oriente. Me cuenta sobre una fábula del camino de las siete tempestades. Y yo lo escucho. Lo escucho mientras le doy su vianda, si no me cuesta nada. Hay que ayudar al prójimo.

miércoles, 21 de octubre de 2020

Las palabras y los días

 

Hay mucho viento en Buenos Aires en este momento. Los días comienzan con un sol impetuoso, pero cerca del mediodía se nublan, se vuelven grises, queda en la retina una sensación extraña, como de día perdido, de inconclusa futilidad. Lamento que esto que escribo se parezca nomás a la conversación arriba de un taxi, ustedes podrían replicar sobre las probabilidades de lluvia o que salieron desabrigados.  El exceso de Youtube y de pornografía han hecho estragos en mi sistema neurológico. Aunque más allá de eso, lo que hay acá es un tremendo vacío, la impresión certera de no tener una historia que contar, la fatalidad de la escasez de palabras, las mías. Es el colmo del escritor, que inventa palabras para llenar vacíos (y para pagar el alquiler). Palabras, dicho sea de paso, que mañana serán viejas. O incluso en una hora ya nadie recordará. Quedarán, tal vez, con suerte, en algún rincón del inconsciente, habrán abierto un recóndito surco de conexión o pasado sin pena ni gloria. Así es esto, así son las palabras, Por lo demás, el viento sigue áspero, golpea a mi puerta como si fuese el casco de un barco. Un barco en el medio del océano. Un océano lleno de silencio.

Qué se puede hacer salvo ver peliculas #1 - Terminator 2: El juicio final (1991)

¿Qué se puede decir de un clásico que ya tiene 30 años? Hacía bocha de tiempo que no la veía, y no sé si no fue esta la primera vez en verla...