domingo, 18 de abril de 2021

Qué se puede hacer salvo ver peliculas #1 - Terminator 2: El juicio final (1991)

¿Qué se puede decir de un clásico que ya tiene 30 años? Hacía bocha de tiempo que no la veía, y no sé si no fue esta la primera vez en verla subtitulada (ay él siempre tan telefé sábado 22 horas doblada). El comienzo es alucinante y demoledor: cráneos humanos aplastados por máquinas humanoides en un futuro bélico y de ruinas. Tiene un sabor especial poder verla en retrospectiva: ¡imaginen lo flashero que habrá sido ir a verla al cine en el 91! A ver, Microsoft no era todavía el gigante que es hoy, para los teléfonos inteligentes y la revolución tecnológica y de hiperconectividad faltaban al menos como quince años, acá en estas pampas se venían la Revolución productiva, El salariazo y los viajes por la estratosfera (?) y en la escena internacional el Capitalismo (EE.UU.) se inflaba de pecho por la reciente caída del Muro de Berlín. Salías del cine y querías tener una moto de enduro dos tiempos, salvar a la humanidad a puro itakazo por la autopista y escuchar Guns and Roses al palo…¡y eso era ser joven y libre! (no como los libertarios de ahora que sólo quieren propiedad privada y andar sin barbijo…qué pasó Libertad, antes eras chévere). Por lo demás, es un film al que, sin querer decirlo con el diario del lunes, era difícil que le fuera mal: tenía ciencia ficción, drama, persecuciones, tiros y armamento a troche y moche, grandes explosiones, tomas épicas, efectos especiales de la c*ncha del pato y la potencia de You could be Mine taladrándote los sesos…Digamos que tiene bien merecido los siderales millones de dólares que supo conseguir. Una última cosa: si analizamos los arquetipos es el pibito el que le da el componente de emotividad a la trama; Schwarzenegger es un cyborg, no está dentro de sus posibilidades comprender lo que es sentir, él obedece y ejecuta (cualquier similitud con un soldado o funcionario público es mera coincidencia); Sarah representa la furia en estado puro, al punto de enceguecerse; el pibito, en su inocencia, frescura y juventud es el que aporta la sensibilidad, él representa lo bueno del ser humano (el amor, la esperanza), por eso le pide a T-800 que no mate personas. En fin, peliculón que cumple con entretenernos y, además, como quien no quiere la cosa, pone sobre la mesa la cuestión filosófico-existencial del avance y posible autoextinción de la humanidad.

martes, 15 de diciembre de 2020

Elocuente forma de la tristeza

 

Como un castillo de arena. Tal vez sea esta la mejor manera de comenzar. Porque hace días pienso frente a la computadora. Y quizá haya mucho más en juego de lo que podría aceptar. Ser un fantasma siempre ha sido la mejor forma de salir más o menos airoso, de no quedar tan a la intemperie, de gambetear el dolor de aquellos hechos que nos marcan a fuego. Porque, aceptémoslo, hacemos lo que podemos. Y sabemos que nunca será suficiente. Que la estrella puede agotarse incontables veces. Que la vida no es un mazo de cartas. Y que es incansable la cuesta de aprender de nuestros errores. Porque sabemos: esos castillos, los de arena, tarde o temprano se derrumban.

Esta podría ser la historia de cualquiera de nosotros. Digo, de quienes, tal vez sin darnos cuenta, hacemos de la culpa, el miedo y la pena una fuente inagotable de excusas. O un campo minado. Cuando tenía exactamente la mitad de los años que tengo hoy, en un episodio que hasta podría definirse como anecdótico, ese día en que finalicé la secundaria, me tocó experimentar quizá un hecho fundamental: tener ante mis ojos las dos caras de una misma moneda. Saber que podía ser, casi en el mismo momento, el tipo más dichoso del mundo, pero también el más triste.

Yo era uno de esos tantos fofos e híbridos seres que andan por ahí y a los que se da en llamar adolescentes. A esa edad no se sabe muy bien qué carajo sos. No sos un nene de once que comienza a ver cómo algunas partes de su cuerpo se llenan de pelo o sufren extrañas alteraciones. Tampoco sos un guacho de veinte que lo único que quiere es cogerse todo lo que se ponga adelante. Mucho menos un adulto, claro. Para una cosa te falta y para la otra ya te pasaste. Y para colmo, todos parecieran estar esperando algo de vos.

Para entonces mi familia ya se había desmembrado. Mi hermano había emigrado hacía unos años, en vísperas de la eclosión social, política y económica que se dio al cambiar el milenio y apenas unos meses antes del derrumbe de las torres gemelas, a Estados Unidos. Allá iba él a buscar su suerte, con veintidós años. Esto, por supuesto, es tema aparte: hubo una época en que, cada vez que hablaba de él, se me llenaban los ojos de lágrimas. No es fácil, para mí, hablar de eso. Pero el hecho es que quedé en condición de hijo único en el seno de un matrimonio que ya estaba acabado.

Es cierto, también, que estaba Gabriela. Y que conocerla había sido lo mejor de aquel tiempo. Quizá lo único bueno. Pero nuestra relación ya promediaba el año y pico y no era lo mismo. Nos habíamos enamorado como se enamoran las personas a esa edad. Habíamos pasado por histerias, caprichos, egoísmos y afecto genuino. Y experimentado el despertar sexual acompañados. Habíamos aprendido, a las cansadas, el uno del otro. Pero ahora había veces en que nos mirábamos raro. Ella había crecido, tenía proyectos, ganas, expectativas. Y yo también. Pero la verdad es que me daba lo mismo.

Porque algo había empezado a cambiar, aunque me estuviera vedado. Paulatina y subrepticiamente, en esos años de predominante incertidumbre y confusión, comencé a dejar de habitar la superficie. Como si llevara una estéril máscara para decorar los días, podía interactuar o socializar, pero sólo porque era inevitablemente necesario. Esquivo y reservado, poco a poco comencé a ser una especie de refugiado, a poblar mi espíritu con un existencial desamparo. En los intersticios del inconsciente yo ya había empezado a quedarme solo. Aunque no lo supiera. Aunque el mundo alrededor siguiera girando.

A veces pienso que a la infancia inmensamente feliz que tuve, no podía sino contraponerse una tempestuosa y caótica adolescencia. Porque esa etapa de la vida que va de la pubertad a la adultez joven, queramos o no, es tan crucial como nacer. Si el primer gran trauma es ser eyectado al mundo, el segundo es ese puente de transición entre ser niño y convertirse en adulto. La adolescencia tal vez sea la caída de ese castillo que llamamos inocencia cuando somos esas incipientes criaturas aladas que estamos viendo como extraterrestres de qué se trata todo esto. ¿Quién podría salir ileso? Lejos de cualquier actitud de resistencia, mi corazón herido se volvió más frágil. Pero también más frío. Y comencé a blindarme, a marcar distancia, a recorrer los pasillos de la realidad como si fuese un espectro. Sin quererlo, comencé a abandonarme.

Tener un título secundario no es un mérito. Al menos nunca lo fue para mí. La felicidad que experimenté cuando la profesora de Geografía dijo ‘Toledo, está aprobado’ no tenía que ver con la obtención de un título. No estoy hablando de las piedras que ponen en nuestro camino, ni haciendo una oda al sacrificio, ni metiendo un speech de autosuperación. Hablo de sacarte de encima algo que hacés por imposición y de la dicha que eso causa. Como llegar un día a ese trabajo que detestás y decirle a tu jefe todo lo que pensás de él, darte media vuelta e irte lo más pancho. De lo bien que se siente caminar así. De eso estoy hablando.

Porque la rebeldía que se encuentra a flor de piel trata justamente de esto. De cómo sobrellevar las tensiones de una realidad que además de inevitablemente impuesta va tornándose cada vez más cruda, con lo mucho o lo poco que traigamos puesto de casa y con la cada vez mayor influencia de los grupos de amistades en los que buscamos pertenencia. Todos podemos transformarnos, de un momento a otro, en bombas de tiempo. Ya sea que se nos dé por el silencio, la apatía o la agresividad, los adolescentes siempre somos culpables hasta que se demuestre lo contrario. Y en este contexto traté de que la salida del secundario fuese lo menos traumática posible: si en primer año casi había repetido, en el último intenté mantener la cabeza fría. Después de todo sólo se trataba de decirle al docente lo que él o ella quería escuchar. Hermosa prefiguración de la adultez, ¿no?

En aquel caluroso febrero de 2004, estaba a sólo dos materias de irme definitivamente de esa tediosa institución que, paradójicamente o no, llevaba por nombre Jorge Luis Borges, Geografía y el monstruo que se esconde debajo de la cama, Matemáticas. Con esta última tenía una relación especial: cuando los ejercicios me salían, me encantaba, pero cuando no, quería prenderlo fuego hasta al mismísimo Pitágoras. La había preparado durante todo el verano en clases particulares y la terminé aprobando por la mínima nota más bien por la afinidad que tenía con el profesor o porque al parecer él tenía un buen día:

―Tomá, Ezequiel ―me dijo con un dejo de conmiseración Carlos Fuentes, mientras me entregaba el parcial con un hermoso 4 en color rojo.

No me importaba. Ya estaba aprobada. Ser Bonaparte o Robin Hood lo mismo daba. No debería destinar ni un minuto más de mis días a tratar de descifrar los misterios del álgebra y los artilugios del pensamiento lógico. Sin importar cómo, había vencido al cuco.

A Geografía también la preparé con ayuda en clases particulares durante todo ese verano. Aunque no suele entrar dentro del canon de materias clásicas que se llevan a marzo, podría argumentar a mi favor que la profesora y yo no teníamos la mejor de las químicas. Yo la veía a ella y a su materia como algo totalmente aburrido e innecesario, y ella veía en mí a un insolente pendejo lleno de indiferencia. Por supuesto, en su hora me la pasaba boludeando. Pero creo que de alguna manera todo eso quedó saldado aquel día en que nos vimos por última vez. Ella me dijo: Toledo, todo lo que hizo en el mapa está mal, pero el desarrollo del contenido teórico lo hizo muy bien…está aprobado. Yo sentí que me estallaba el corazón. Acababa de superar el último gran escollo para salirme de ahí, para no usar más uniforme, para creerme libre.

Recuerdo que al salir del aula todo excitado por haber aprobado, me crucé con Martín Cuneo, un pibe con el que no éramos cercanos pero que habíamos compartido unos años de primaria y ahora la secundaria en esta escuela. Pobre Cuneo, parecía que estaba en un velorio. Me contó que acababa de desaprobar una materia, que repetía el año. Esa era, tal vez, la peor de las tragedias para un adolescente. Porque, digamos las cosas como son, repetir es más o menos como ser un ex convicto. Las personas te miran con desprecio o lástima, como diciendo ‘cómo vas a repetir’ o ‘repetiste porque sos un vago’ o ‘repetiste porque no te da’. Si sólo pudiéramos ver las cosas desde otra perspectiva que no sea la incomprensión o la dureza.  Si tan sólo pudiéramos considerar que repetir el año tal vez no sea más que una auténtica señal de no querer o no poder encajar en este sistema, en esta gran cloaca humana que llamamos mundo. Pobre Cuneo. Hoy, a la distancia, pienso en que quizá podría haber hecho algo más por él, no sé, convencerlo para irnos a vagar por ahí, a emborracharnos, a mirar pájaros al río, qué sé yo, a cualquier cosa antes que dejarlo solo ahí, con esa mochila tan pesada, con esa desolación inconmensurable.

Cuando finalmente, cerca del mediodía, salí de aquella escuela para siempre, me encontraba extasiado. Yo era algo así como un triunfador. Porque mientras la mayoría de mis compañeros se habían llevado varias materias y tendrían que seguir lidiando con eso ahora ya como egresados, yo estaba ahí, libre de culpa y cargo, a mano con el orden, desprendido de la carga de esa responsabilidad como quien saca la basura todos los días en horario. Pero fue justamente en ese momento de intensa felicidad en que, como si hubiese caído un rayo sobre mí, comencé a darme cuenta de algo que no había podido ver: que estaba solo. Que no tenía a nadie a quien llamar, a nadie con quien abrazarme. Que si las personas de mi entorno no se habían alejado de mí, yo mismo me había encargado de alejarlas…o alejarme. Y eso, en el ápice de lo que yo creía una victoria, fue devastador.

Así, con tan sólo diecisiete años, comencé esa nueva etapa de mi vida. Descrubí, quizá con un poco de verguenza, que algo latía por debajo de la ausencia. Ahí supe que ser feliz y no tener con quien compartirlo, es la cara más brutal de la soledad. Descubrir el velo como quien mira al espejo y ver nítidamente el fuego y el tamaño de su sombra, así, aquel día, en aquel minúsculo hecho, la ponzoñosa realidad de mi condición llegó hasta mí como un hondo vacío. Como una impotencia burda y aplastante. Como una elocuente forma de la tristeza.

lunes, 30 de noviembre de 2020

Hasta que la muerte nos separe

 

Esta es la historia de un homicidio. De un ama de casa de un barrio incierto de José C. Paz. Era el año 2006 y los medios titularon Crimen pasional deja dos víctimas. Es que su pareja, su verdugo, luego de apagarle la vida, se suicidó. Dejó así, en un mismo acto, huérfano de madre y padre, al único vástago de la relación. Y que también sería testigo casi inmediato de los hechos, un domingo de picada, asado y sol.

Ellos eran vecinos nuestros, vivían a la vuelta sobre la esquina de Blasco Ibáñez y Miguel Cané. Una familia de clase media baja como cualquier otra del populoso Gran Buenos Aires. Aunque con sus particularidades. La noticia, por supuesto, conmocionó al barrio, nadie podía salir de su asombro. Sobre todo, porque, con el correr de las horas, a la consternación, se sumó el detalle de los aberrantes hechos.

Las luces de los patrulleros, el perímetro de la vereda demarcado con cinta blanca y roja y las camionetas de la policía científica donde cargaron los cuerpos, todo me causó una terrible estupefacción: yo había entrado en reiteradas ocasiones a esa casa, había tratado a ese hombre de casi ochenta años muchas veces, si me lo cruzaba casi todos los días. No puedo negar que tal cercanía con un suceso criminal me despertó una oscura e intrincada morbosidad. Aunque aún más turbia era la trama que envolvía a esta desgraciada familia.

 

No sabemos la cantidad de veces que Cristina habrá intentado persuadirlo. Para que él entendiera sin cerrarse como un nene caprichoso. No era para nada fácil sacar la conversación sobre sus deseos de irse. Cada vez que lograba que hablaran del tema, él se enfurecía o se largaba a llorar:

―Pero cómo me vas a hacer esto…¿no ves que ya soy un viejo de mierda? ―decía él, apelando a su sensibilidad o a su lástima.

―Yo ya cumplí, viejo, ya te acompañé…el Sergio es grande, necesito que me entiendas ―decía ella, conciliadora, tolerante, esperanzada.

El tiempo de las discusiones y confrontaciones había pasado. Había aprendido, con los años, que lo mejor era el camino de la disuasión y los cumplidos, que la furia y los enojos eran un laberinto sin salida. Y un día el milagro ocurrió. Él le dijo que estaba bien, que había estado pensando, que si era lo que ella realmente quería y la hacía feliz, que él la iba a apoyar:

―¿En serio me lo decís? ¡Gracias, papi!, yo sabía que por fin ibas a entenderme…si las cosas pueden quedar bien entre nosotros―dijo ella, con una sonrisa de oreja a oreja y abrazándolo.

―El domingo podemos hacer un asadito…y unas empanadas… será como nuestra despedida ―dijo él, mirándola a los ojos.

 

La historia más compleja de reconstruir tal vez sea el pasado. Un pasado igual de escabroso que los acontecimientos que aquí relatamos. Una historia signada por el infortunio acaso desde el punto cero. El halo del atávico estigma de la endogamia, más común si nos alejamos de la gran urbe capital de la república. Cristina y Rodolfo Amadeo Tapia eran parientes. El padre de Cristina y Rodolfo eran hermanos. Entonces, su tío, la trajo de Tucumán a Buenos Aires a vivir con él, para que estudiara y trabajara, para que tuviera mejores posibilidades que en aquella pobre provincia del norte. En ese momento ella tenía unos quince años y él más de cuarenta y dos hijos de dos matrimonios diferentes. Pero, como sabemos, nada de todo ese prometedor futuro finalmente sucedió. Muy lejos de casa y ante una figura que podía tener el predominio incuestionable de la autoridad, antes de cumplir los dieciocho ya había dado a luz a Sergio Enrique Tapia, una criatura que nació con mal formaciones y un pequeño retraso mental.  Sin siquiera haberlo imaginado, su piel mutó de cándida adolescente llena de sueños a madre precoz.  Luego los años sólo pasarían. Su realidad sería de cautiverio, su voluntad poco menos que de sumisión.

Aunque las cosas comenzaron a cambiar un poco cuando Sergito promediaba la adolescencia. Cristina empezó a hacer algunos trabajos como servicio doméstico y acompañante de personas mayores, pese a la resistencia de Rodolfo. Era un gran cambio, en realidad: comenzar a pasar horas fuera de casa y a tener su propio dinero, a ver y sentir la vida desde otro lugar. Claro que iba a haber rispideces:

―No te entiendo…no hace falta que vos trabajes, si no te hago faltar nada ―dijo él, ofuscado.

―Papi, vos dentro de poco te vas a jubilar…con eso no nos va alcanzar. Además, nunca están de más unos pesitos, ¿no? ―decía ella, resuelta y persuasiva.

―¡No hay ninguna necesidad, Cristina! ―alzaba la voz Rodolfo y la dejaba hablando sola.

Con los años, Cristina sólo paraba los fines de semana en la casa, había conseguido trabajo en un geriátrico de Capital. Todo parecería indicar que no hubo una separación explícita entre ellos. Más bien, el tiempo y la cotidianidad fragmentaron de manera natural el vínculo, en ese nebuloso terreno de lo tácito. Él hacia la ancianidad, y ella paulatinamente hacia otra etapa de su vida.

 

Era un hermoso mediodía soleado de domingo. Esa tarde se enfrentaban San Lorenzo y Huracán y Sergio llevaba puesta la casaca del cuervo. Desde el patio venía el sonido y el olor de la carne haciéndose en la parrilla. Sobre la mesa del comedor había fiambres, quesos y bebidas varias. Desde temprano nomás Rodolfo llevaba despacio su Cinzano con soda. Estaban sentados a la mesa Rodolfo, Sergio y Camila, la ahijada de cuatro años de Sergio. Y Cristina que iba y venía de la cocina. Sergio le contaba a su papá sobre un nuevo modelo de equipo de música que había visto en el centro. Y entonces algo faltaba. Algo que quizás Rodolfo cuando fue temprano a hacer las compras se olvidó o compró de menos. Podía ser pan, hielo, helado o soda. El hecho es que lo mandó a su hijo de una escapada antes de que cerraran. Sergio y Camila, tomados de la mano, salieron para el almacén. Ni en sus peores sueños previeron que al regresar sus vidas ya no serían las mismas.

Es muy probable que Cristina no haya tenido plena consciencia de su muerte.  Se encontraba sobre la mesada de la cocina haciendo las empanadas. Tal vez lo último que escuchó fue la cumbia que acababa de poner el vecino. Rodolfo Amadeo Tapia la ultimó a traición, por la espalda, de manera violentamente atroz y sanguinaria, con arma blanca. Luego, sentado en el comedor, con el doble caño de un pistolón hincando su paladar, se voló lo sesos. Unos minutos después Sergito y Camila abrían la puerta. De fondo sonaba Y que has hecho de mí del Grupo Sombras.

 

Aquel día en que a Cristina le fue arrebatada su vida, ella de verdad estaba feliz. Con cuarenta años recién cumplidos vislumbraba un nuevo comienzo. Alquilaría una casita o un departamento. Tendría su espacio, sus actividades, su tiempo. Sería, tal vez, lo que tantos años de madre y ama de casa jamás le permitieron experimentar: una mujer soltera, independiente, disponible. Sería, quizás, lo que nunca pudo ser: una mujer libre. La autopsia reveló que la herida mortal fue la del trapecio, un hachazo de más de doce centímetros de profundidad.

 

 

Epílogo

Quien escribe sabe de muy buena fuente que Cristina se encontraba, desde hacía por lo menos un año, en una relación con un tal Oscar, hombre de unos cuarenta y cinco años, que se desempeñaba en el área de mantenimiento del geriátrico de Belgrano en el que ella trabajaba. Rodolfo Amadeo Tapia, jubilado de 77 años nacido en Tucumán y ex policía bonaerense, tomó conocimiento de esta situación dos meses antes del ominoso desenlace. Lo supo por boca de su hijo Sergio.

 

 

 

lunes, 23 de noviembre de 2020

El influjo de la luna

 

Una tarde se me dio por escribirle. Raro. Mis mails nunca pasaban de las dos o tres líneas. Escribir, tratar de llegar a algún lugar de esa forma, era para mí, por aquel entonces, como hablar por teléfono: quería cortar lo antes posible. No lo podía controlar. No encontraba modo de que las palabras salieran, de que tipear una oración fuera tan fácil como decirla. Y no podía tampoco refrenar el impulso corrosivo de darle click a enviar. Sobre todo, eso. Como una bomba que estuviera por estallar en mis manos. Como si ahí, en ese acto nimio e idiota de clickear, hubiera una liberación.

Escribía lo que se me venía a la cabeza. Cualquier cosa. Sin importar la manera y separando las ideas con enter. Podía escribir sobre una película o un poema o una canción o los vecinos. Sobre el color azul o el número 7. Sobre la forma de las nubes o un pasacalle de publicidad religiosa. Sobre lo viejo que era este país. No importaba en realidad de qué. El hecho era llenar el vacío, incomodarlo, que hubiera algo en donde antes nada. Quizás intentar entablar comunicación.

Podía estar una o dos o tres horas escribiendo sin darme cuenta. Hasta que llegaba un momento en que levantaba los dedos del teclado y me sentía terriblemente cansado. Un cansancio denso e insoportable. Entonces me tiraba en la cama y me quedaba dormido. Y al despertar al rato tenía la sensación de haber estado durmiendo durante horas. Entonces salía.

Caminaba sin apuro al comenzar la noche. Las noches de verano son como la desnudez, hay más bien una relación íntima entre eso que está aconteciendo y uno. Como si de verdad cualquier cosa pudiera pasar de manera auténtica, inevitable y única. El hecho es que caminaba así sin un rumbo determinado. Parecía haber llegado al lugar del despojo absoluto. A ese lugar, inesperado.

En esas caminatas no pensaba en lo que había escrito. Sí pensaba en ella, en lo que le pasaría al leerme. Si se acordaría de mí, si me reconocería en esos textos. O si al leerme pensaría en otra persona. Esto último hubiese sido lo peor. Es que yo solamente escribía para ella...no era justo. ¿Se daría cuenta que era yo? ¿Se daría cuenta que a pesar de todos estos años, era yo? ¿Qué tenían en común el que había conocido con este otro aparecido que le escribía mails? ¿Y quién era realmente el que escribía todos esos textos, el que mandaba todos esos mails?

Nunca contestaba. Y no es que me enojara o pretendiera que lo hiciera. Yo escribía para ella y eso era lo único que importaba. Volver a hacerlo cada vez, con el mismo inequívoco impulso, con la misma forma tonta o caprichosa en que se dejan caer las palabras. Quién sabe qué tan importante pueden ser esos vestigios de fragilidad para alguien. Quién sabe qué pueden hacer estos precarios signos por los golpes de la sangre o la sordera incurable en se escurren los días de la vida. A veces pedimos demasiado.

Nada nos puede separar, decíamos. Porque los lazos se forman para siempre, pensábamos. No sólo teníamos la vida por delante. También teníamos el amor y la fe, también buscábamos esa porción de dicha que nos hiciera sentir trascendentes, que cubriera de sentido las horas del día. No sé cuántos mails le habré mandado. Ya no podría asegurarlo. ¿Cien? ¿Doscientos? ¿Mil? En algún momento se esfumó esa noción, esa seguridad, esa mentira de tenerlo todo bajo control. De querer contener en un número la sobriedad, el espanto, la desesperación.

Durante mucho tiempo le seguí escribiendo. Cuando volvía del trabajo o después de cenar, me sentaba frente a la computadora y me dejaba llevar. No se trataba de un refugio ni de un ritual, era más un acto de reflejo, un desborde de ese acontecimiento, un influjo de la contingencia. Se trataba de transportar la corazonada al cuerpo de un mail, a esa zona prodigiosa del error. Se trataba de sacar y de extinguir. De ver si por tipear volvía algún destello. Se trataba de mí.

 

jueves, 12 de noviembre de 2020

Sobre el fuego sagrado

 

¿Cuándo deja una persona de tener ‘toda la vida por delante’? Y cuando eso sucede, ¿qué hay de todos esos años de vida que le quedan hasta morir? ¿Son inválidos? ¿Son estériles? ¿Son inocuos? ¿Son acaso una tenue sombra de lo que alguna vez fue? Extraño tener siete años. Cuando la llama del fuego sagrado era sólida y altiva. Y no importaba, tal vez, otra cosa. Porque la inocencia saldaba todas las deudas, todas las dudas y no tenía tiempo de pensar en la tristeza. No había, de verdad, ni pasado ni futuro. A lo sumo la tarea de matemáticas para presentar al otro día. No romantizo la niñez. Pero cómo quisiera volver a sentir el fuego interno de aquellos días. Donde literalmente todo era posible: levantarse de la cama, hacer los mandados, hablar con otras personas, andar en bicicleta. Todo era una aventura. Todo tenía sabor a nuevo y excitante. Todo parecía ser un gran juego en el que cada cosa tomaba su lugar, no había intención ni voluntad, sólo un genuino deseo interior que todo lo comandaba. Si el amor existe, es ese niño de siete años. Que no importara qué pasara. Pues tenía, ante todo, como un valeroso escudo, una impetuosa sonrisa.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Alone

 

No hay un bosque atrás de la casa de Alan. Aunque se empecinara en decir que sí. Aunque nos mostrara fotos oscuras en su celular, fotos inentendibles, que podían ser de cualquier otro lugar. Aunque nos dijera que él había ido muchas veces, pero que sólo se podía visitar de noche. Pobre Alan, ningún bosque.

Él nos insistía. Nos decía que había intentado ir de día pero que no había podido llegar, que las cuadras se le hacían interminables, que se desorientaba y terminaba perdido. Trataba de explicarnos. Y nos insistía. Durante mucho tiempo lo hizo. Creía en lo que nos decía. Creía en nosotros, cuando lo escuchábamos, cuando lo mirábamos a los ojos.

Nadie podría culparlo. Nadie podría nunca culparlo de nada. Yo creo que en el fondo algo intuía. No podía ser de otra manera. Su sensibilidad era muy particular, sobre todo después del accidente. Ahí fue que cambiaron las cosas. Se salvó de milagro, pero para ser otro.

Y por qué, lo interrogaba uno de nosotros, siguiéndole la corriente.

No sé, decía él.

Él y sus mentiras. Siempre. Nos tomaba el pelo desde que éramos chicos, que éramos unos tontos.

Si sólo nos quedáramos en la superficie. Si no fuera una condición la de hurgar lugares antes habitados. Quizás hoy las cosas serían diferentes.

Las cosas podrían haber sido diferentes.

Nosotros siempre nos quedábamos en la superficie. Para qué ir más allá. Para qué hurgar campos antes habitados.

Sólo queríamos sobrevivir, hacer que todo fuera menos cruel.

Nosotros no sabíamos. No sabíamos que algo así pudiera pasar. Nos habíamos acostumbrado a que las cosas fueran así, a quedarnos en la superficie, a no preguntar sobre aquellas fisuras que estaban en el aire, que agrietaban cierta forma sólida de lo que éramos.

Lo abandonamos. O nos abandonamos. Pero no cuando todos creen.

Alan, Gustavo y yo nos conocimos cuando teníamos cinco años.

Nunca quisimos cometer un crimen perfecto. O algo parecido. Sólo tratábamos de sobrevivir, de hacer menos cruel todo. No me enorgullece lo que hicimos. Pero él ahora está mejor, ahora es digno, no es vida arrastrarse en una silla de ruedas.

No me incomoda hablar de Alan. Pero tengo que decir que no había ningún bosque atrás de su casa.

 

 

martes, 10 de noviembre de 2020

Breve historia del Crimen Organizado

 

Por estos días se sumó a la extensa lista de esta clase de modalidad delictiva, un nuevo episodio protagonizado por los denominados ‘motochorros’. El suceso ocurrió en el partido de Malvinas Argentinas, en el noroeste del conurbano. ¿La particularidad? Quien acometió el atraco es miembro activo de la Policía Bonaerense. Claro que, lejos de sorprendernos, la implicancia de integrantes de la fuerza en hechos ilícitos se ha convertido, con el correr del tiempo, en el pan nuestro de cada día. Sobre esto trata La Bonaerense 2, la secta del gatillo, de Ricardo Ragendorfer, publicado allá por 2006. Meternos en el universo de esta obra, a la cual precede La Bonaerense, Historia criminal de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, publicado en 2002 y escrito a dúo entre Ragendorfer y Carlos Dutil, es como tomar un curso acelerado sobre la dinámica de funcionamiento, contradicciones y tensiones de los poderes fácticos de nuestra sociedad. Porque una institución de la envergadura de la Policía Bonaerense, una de las fuerzas de seguridad más importante del país y que fue fundada en la década del cuarenta nada menos que por Perón, no podría ser corrupta y criminal por sí sola, sino más bien como parte de un entramado más oscuro y complejo que involucra y contiene a los Poderes Político y Judicial. Producido durante momentos álgidos del país, entre la segunda mitad de los 90’s y los primeros años de los 2000, La Bonaerense 2, la secta del gatillo nos presenta una certera conclusión: la participación de miembros policiales en actos delictivos no es una mera excepción, sino que, por el contrario, obedece a una estructura de crimen organizado, a tal punto de ser éste su base de sustentación. Por lo demás, podemos decir que la avezada pluma de Ragendorfer, titánico referente de la sección Policiales de innumerables medios gráficos, con su llano y rústico estilo, se apoya sobre la construcción de escenarios, ambientes y climas como si de una clásica novela negra se tratara. Por eso, y por su invaluable valor documental, ya merece un lugar en nuestra biblioteca.

 

 

Qué se puede hacer salvo ver peliculas #1 - Terminator 2: El juicio final (1991)

¿Qué se puede decir de un clásico que ya tiene 30 años? Hacía bocha de tiempo que no la veía, y no sé si no fue esta la primera vez en verla...