¿Qué se puede decir de un clásico que ya tiene 30 años? Hacía bocha de tiempo que no la veía, y no sé si no fue esta la primera vez en verla subtitulada (ay él siempre tan telefé sábado 22 horas doblada). El comienzo es alucinante y demoledor: cráneos humanos aplastados por máquinas humanoides en un futuro bélico y de ruinas. Tiene un sabor especial poder verla en retrospectiva: ¡imaginen lo flashero que habrá sido ir a verla al cine en el 91! A ver, Microsoft no era todavía el gigante que es hoy, para los teléfonos inteligentes y la revolución tecnológica y de hiperconectividad faltaban al menos como quince años, acá en estas pampas se venían la Revolución productiva, El salariazo y los viajes por la estratosfera (?) y en la escena internacional el Capitalismo (EE.UU.) se inflaba de pecho por la reciente caída del Muro de Berlín. Salías del cine y querías tener una moto de enduro dos tiempos, salvar a la humanidad a puro itakazo por la autopista y escuchar Guns and Roses al palo…¡y eso era ser joven y libre! (no como los libertarios de ahora que sólo quieren propiedad privada y andar sin barbijo…qué pasó Libertad, antes eras chévere). Por lo demás, es un film al que, sin querer decirlo con el diario del lunes, era difícil que le fuera mal: tenía ciencia ficción, drama, persecuciones, tiros y armamento a troche y moche, grandes explosiones, tomas épicas, efectos especiales de la c*ncha del pato y la potencia de You could be Mine taladrándote los sesos…Digamos que tiene bien merecido los siderales millones de dólares que supo conseguir. Una última cosa: si analizamos los arquetipos es el pibito el que le da el componente de emotividad a la trama; Schwarzenegger es un cyborg, no está dentro de sus posibilidades comprender lo que es sentir, él obedece y ejecuta (cualquier similitud con un soldado o funcionario público es mera coincidencia); Sarah representa la furia en estado puro, al punto de enceguecerse; el pibito, en su inocencia, frescura y juventud es el que aporta la sensibilidad, él representa lo bueno del ser humano (el amor, la esperanza), por eso le pide a T-800 que no mate personas. En fin, peliculón que cumple con entretenernos y, además, como quien no quiere la cosa, pone sobre la mesa la cuestión filosófico-existencial del avance y posible autoextinción de la humanidad.
relatos y notas mentales
domingo, 18 de abril de 2021
martes, 15 de diciembre de 2020
Elocuente forma de la tristeza
Como un castillo de arena. Tal vez sea esta
la mejor manera de comenzar. Porque hace días pienso frente a la computadora. Y
quizá haya mucho más en juego de lo que podría aceptar. Ser un fantasma siempre
ha sido la mejor forma de salir más o menos airoso, de no quedar tan a la
intemperie, de gambetear el dolor de
aquellos hechos que nos marcan a fuego. Porque, aceptémoslo, hacemos lo que
podemos. Y sabemos que nunca será suficiente. Que la estrella puede agotarse
incontables veces. Que la vida no es un mazo de cartas. Y que es incansable la
cuesta de aprender de nuestros errores. Porque sabemos: esos castillos, los de
arena, tarde o temprano se derrumban.
Esta podría ser la historia de cualquiera
de nosotros. Digo, de quienes, tal vez sin darnos cuenta, hacemos de la culpa, el miedo y la pena una fuente inagotable de excusas. O un campo
minado. Cuando tenía exactamente la mitad de los años que tengo hoy, en un
episodio que hasta podría definirse como anecdótico, ese día en que finalicé la
secundaria, me tocó experimentar quizá un hecho fundamental: tener ante mis
ojos las dos caras de una misma moneda. Saber que podía ser, casi en el mismo
momento, el tipo más dichoso del mundo, pero también el más triste.
Yo era uno de esos tantos fofos e híbridos
seres que andan por ahí y a los que se da en llamar adolescentes. A esa edad no
se sabe muy bien qué carajo sos. No sos un nene de once que comienza a ver cómo
algunas partes de su cuerpo se llenan de pelo o sufren extrañas alteraciones.
Tampoco sos un guacho de veinte que lo único que quiere es cogerse todo lo que
se ponga adelante. Mucho menos un adulto, claro. Para una cosa te falta y para
la otra ya te pasaste. Y para colmo, todos parecieran estar esperando algo de
vos.
Para entonces mi familia ya se había
desmembrado. Mi hermano había emigrado hacía unos años, en vísperas de la
eclosión social, política y económica que se dio al cambiar el milenio y apenas
unos meses antes del derrumbe de las torres gemelas, a Estados Unidos. Allá iba
él a buscar su suerte, con veintidós años. Esto, por supuesto, es tema aparte:
hubo una época en que, cada vez que hablaba de él, se me llenaban los ojos de
lágrimas. No es fácil, para mí, hablar de eso. Pero el hecho es que quedé en
condición de hijo único en el seno de un matrimonio que ya estaba acabado.
Es cierto, también, que estaba Gabriela. Y
que conocerla había sido lo mejor de aquel tiempo. Quizá lo único bueno. Pero
nuestra relación ya promediaba el año y pico y no era lo mismo. Nos habíamos
enamorado como se enamoran las personas a esa edad. Habíamos pasado por
histerias, caprichos, egoísmos y afecto genuino. Y experimentado el despertar
sexual acompañados. Habíamos aprendido, a las cansadas, el uno del otro. Pero
ahora había veces en que nos mirábamos raro. Ella había crecido, tenía
proyectos, ganas, expectativas. Y yo también. Pero la verdad es que me daba lo
mismo.
Porque algo había empezado a cambiar,
aunque me estuviera vedado. Paulatina y subrepticiamente, en esos años de
predominante incertidumbre y confusión, comencé a dejar de habitar la
superficie. Como si llevara una estéril máscara para decorar los días, podía
interactuar o socializar, pero sólo porque era inevitablemente necesario.
Esquivo y reservado, poco a poco comencé a ser una especie de refugiado, a
poblar mi espíritu con un existencial desamparo. En los intersticios del
inconsciente yo ya había empezado a quedarme solo. Aunque no lo supiera. Aunque
el mundo alrededor siguiera girando.
A veces pienso que a la infancia inmensamente
feliz que tuve, no podía sino contraponerse una tempestuosa y caótica adolescencia.
Porque esa etapa de la vida que va de la pubertad a la adultez joven, queramos
o no, es tan crucial como nacer. Si el primer gran trauma es ser eyectado al
mundo, el segundo es ese puente de transición entre ser niño y convertirse en
adulto. La adolescencia tal vez sea la caída de ese castillo que llamamos
inocencia cuando somos esas incipientes criaturas aladas que estamos viendo
como extraterrestres de qué se trata todo esto. ¿Quién podría salir ileso?
Lejos de cualquier actitud de resistencia, mi corazón herido se volvió más
frágil. Pero también más frío. Y comencé a blindarme, a marcar distancia, a
recorrer los pasillos de la realidad como si fuese un espectro. Sin quererlo,
comencé a abandonarme.
Tener un título secundario no es un
mérito. Al menos nunca lo fue para mí. La felicidad que experimenté cuando la
profesora de Geografía dijo ‘Toledo, está aprobado’ no tenía que ver con la
obtención de un título. No estoy hablando de las piedras que ponen en nuestro
camino, ni haciendo una oda al sacrificio, ni metiendo un speech de autosuperación. Hablo de sacarte de encima algo que hacés
por imposición y de la dicha que eso causa. Como llegar un día a ese trabajo
que detestás y decirle a tu jefe todo lo que pensás de él, darte media vuelta e
irte lo más pancho. De lo bien que se siente caminar así. De eso estoy
hablando.
Porque la rebeldía que se encuentra a flor
de piel trata justamente de esto. De cómo sobrellevar las tensiones de una
realidad que además de inevitablemente impuesta va tornándose cada vez más
cruda, con lo mucho o lo poco que traigamos puesto de casa y con la cada vez
mayor influencia de los grupos de amistades en los que buscamos pertenencia.
Todos podemos transformarnos, de un momento a otro, en bombas de tiempo. Ya sea
que se nos dé por el silencio, la apatía o la agresividad, los adolescentes
siempre somos culpables hasta que se demuestre lo contrario. Y en este contexto
traté de que la salida del secundario fuese lo menos traumática posible: si en
primer año casi había repetido, en el último intenté mantener la cabeza fría.
Después de todo sólo se trataba de decirle al docente lo que él o ella quería
escuchar. Hermosa prefiguración de la adultez, ¿no?
En aquel caluroso febrero de 2004, estaba
a sólo dos materias de irme definitivamente de esa tediosa institución que,
paradójicamente o no, llevaba por nombre Jorge Luis Borges, Geografía y el
monstruo que se esconde debajo de la cama, Matemáticas. Con esta última tenía
una relación especial: cuando los ejercicios me salían, me encantaba, pero
cuando no, quería prenderlo fuego hasta al mismísimo Pitágoras. La había
preparado durante todo el verano en clases particulares y la terminé aprobando
por la mínima nota más bien por la afinidad que tenía con el profesor o porque
al parecer él tenía un buen día:
―Tomá, Ezequiel ―me dijo con un dejo de
conmiseración Carlos Fuentes, mientras me entregaba el parcial con un hermoso 4
en color rojo.
No me importaba. Ya estaba aprobada. Ser
Bonaparte o Robin Hood lo mismo daba. No debería destinar ni un minuto más de
mis días a tratar de descifrar los misterios del álgebra y los artilugios del
pensamiento lógico. Sin importar cómo, había vencido al cuco.
A Geografía también la preparé con ayuda
en clases particulares durante todo ese verano. Aunque no suele entrar dentro
del canon de materias clásicas que se llevan a marzo, podría argumentar a mi
favor que la profesora y yo no teníamos la mejor de las químicas. Yo la veía a
ella y a su materia como algo totalmente aburrido e innecesario, y ella veía en
mí a un insolente pendejo lleno de indiferencia. Por supuesto, en su hora me la
pasaba boludeando. Pero creo que de
alguna manera todo eso quedó saldado aquel día en que nos vimos por última vez.
Ella me dijo: Toledo, todo lo que hizo en el mapa está mal, pero el desarrollo
del contenido teórico lo hizo muy bien…está aprobado. Yo sentí que me estallaba
el corazón. Acababa de superar el último gran escollo para salirme de ahí, para
no usar más uniforme, para creerme libre.
Recuerdo que al salir del aula todo
excitado por haber aprobado, me crucé con Martín Cuneo, un pibe con el que no éramos
cercanos pero que habíamos compartido unos años de primaria y ahora la
secundaria en esta escuela. Pobre Cuneo, parecía que estaba en un velorio. Me
contó que acababa de desaprobar una materia, que repetía el año. Esa era, tal
vez, la peor de las tragedias para un adolescente. Porque, digamos las cosas
como son, repetir es más o menos como ser un ex convicto. Las personas te miran
con desprecio o lástima, como diciendo ‘cómo vas a repetir’ o ‘repetiste porque
sos un vago’ o ‘repetiste porque no te da’. Si sólo pudiéramos ver las cosas
desde otra perspectiva que no sea la incomprensión o la dureza. Si tan sólo pudiéramos considerar que repetir
el año tal vez no sea más que una auténtica señal de no querer o no poder
encajar en este sistema, en esta gran cloaca humana que llamamos mundo. Pobre
Cuneo. Hoy, a la distancia, pienso en que quizá podría haber hecho algo más por
él, no sé, convencerlo para irnos a vagar por ahí, a emborracharnos, a mirar
pájaros al río, qué sé yo, a cualquier cosa antes que dejarlo solo ahí, con esa
mochila tan pesada, con esa desolación inconmensurable.
Cuando finalmente, cerca del mediodía,
salí de aquella escuela para siempre, me encontraba extasiado. Yo era algo así
como un triunfador. Porque mientras la mayoría de mis compañeros se habían
llevado varias materias y tendrían que seguir lidiando con eso ahora ya como
egresados, yo estaba ahí, libre de culpa y cargo, a mano con el orden, desprendido
de la carga de esa responsabilidad como quien saca la basura todos los días en
horario. Pero fue justamente en ese momento de intensa felicidad en que, como
si hubiese caído un rayo sobre mí, comencé a darme cuenta de algo que no había
podido ver: que estaba solo. Que no tenía a nadie a quien llamar, a nadie con
quien abrazarme. Que si las personas de mi entorno no se habían alejado de mí,
yo mismo me había encargado de alejarlas…o alejarme. Y eso, en el ápice de lo que yo creía una victoria, fue devastador.
Así, con tan sólo diecisiete años, comencé
esa nueva etapa de mi vida. Descrubí, quizá con un poco de verguenza, que algo latía por debajo de la ausencia. Ahí supe que ser feliz y no tener con quien
compartirlo, es la cara más brutal de la soledad. Descubrir el velo como quien
mira al espejo y ver nítidamente el fuego y el tamaño de su sombra, así, aquel
día, en aquel minúsculo hecho, la ponzoñosa realidad de mi condición llegó hasta
mí como un hondo vacío. Como una impotencia burda y aplastante. Como una
elocuente forma de la tristeza.
lunes, 30 de noviembre de 2020
Hasta que la muerte nos separe
Esta es la historia de un
homicidio. De un ama de casa de un barrio incierto de José C. Paz. Era el año
2006 y los medios titularon Crimen
pasional deja dos víctimas. Es que su pareja, su verdugo, luego de apagarle
la vida, se suicidó. Dejó así, en un mismo acto, huérfano de madre y padre, al
único vástago de la relación. Y que también sería testigo casi inmediato de los
hechos, un domingo de picada, asado y sol.
Ellos eran vecinos
nuestros, vivían a la vuelta sobre la esquina de Blasco Ibáñez y Miguel Cané. Una
familia de clase media baja como cualquier otra del populoso Gran Buenos Aires.
Aunque con sus particularidades. La noticia, por supuesto, conmocionó al
barrio, nadie podía salir de su asombro. Sobre todo, porque, con el correr de
las horas, a la consternación, se sumó el detalle de los aberrantes hechos.
Las luces de los
patrulleros, el perímetro de la vereda demarcado con cinta blanca y roja y las
camionetas de la policía científica donde cargaron los cuerpos, todo me causó una
terrible estupefacción: yo había entrado en reiteradas ocasiones a esa casa,
había tratado a ese hombre de casi ochenta años muchas veces, si me lo cruzaba
casi todos los días. No puedo negar que tal cercanía con un suceso criminal me
despertó una oscura e intrincada morbosidad. Aunque aún más turbia era la trama
que envolvía a esta desgraciada familia.
No sabemos la cantidad de
veces que Cristina habrá intentado persuadirlo. Para que él entendiera sin
cerrarse como un nene caprichoso. No era para nada fácil sacar la conversación
sobre sus deseos de irse. Cada vez que lograba que hablaran del tema, él se
enfurecía o se largaba a llorar:
―Pero cómo me vas a hacer
esto…¿no ves que ya soy un viejo de mierda? ―decía él, apelando a su sensibilidad
o a su lástima.
―Yo ya cumplí, viejo, ya
te acompañé…el Sergio es grande, necesito que me entiendas ―decía ella,
conciliadora, tolerante, esperanzada.
El tiempo de las
discusiones y confrontaciones había pasado. Había aprendido, con los años, que
lo mejor era el camino de la disuasión y los cumplidos, que la furia y los
enojos eran un laberinto sin salida. Y un día el milagro ocurrió. Él le dijo
que estaba bien, que había estado pensando, que si era lo que ella realmente
quería y la hacía feliz, que él la iba a apoyar:
―¿En serio me lo decís? ¡Gracias,
papi!, yo sabía que por fin ibas a entenderme…si las cosas pueden quedar bien
entre nosotros―dijo ella, con una sonrisa de oreja a oreja y abrazándolo.
―El domingo podemos hacer
un asadito…y unas empanadas… será como nuestra despedida ―dijo él, mirándola a
los ojos.
La historia más compleja
de reconstruir tal vez sea el pasado. Un pasado igual de escabroso que los
acontecimientos que aquí relatamos. Una historia signada por el infortunio
acaso desde el punto cero. El halo del atávico estigma de la endogamia, más
común si nos alejamos de la gran urbe capital de la república. Cristina y Rodolfo
Amadeo Tapia eran parientes. El padre de Cristina y Rodolfo eran hermanos.
Entonces, su tío, la trajo de Tucumán a Buenos Aires a vivir con él, para que
estudiara y trabajara, para que tuviera mejores posibilidades que en aquella
pobre provincia del norte. En ese momento ella tenía unos quince años y él más
de cuarenta y dos hijos de dos matrimonios diferentes. Pero, como sabemos, nada
de todo ese prometedor futuro finalmente sucedió. Muy lejos de casa y ante una
figura que podía tener el predominio incuestionable de la autoridad, antes de
cumplir los dieciocho ya había dado a luz a Sergio Enrique Tapia, una criatura
que nació con mal formaciones y un pequeño retraso mental. Sin siquiera haberlo imaginado, su piel mutó
de cándida adolescente llena de sueños a madre precoz. Luego los años sólo pasarían. Su realidad
sería de cautiverio, su voluntad poco menos que de sumisión.
Aunque las cosas
comenzaron a cambiar un poco cuando Sergito promediaba la adolescencia.
Cristina empezó a hacer algunos trabajos como servicio doméstico y acompañante
de personas mayores, pese a la resistencia de Rodolfo. Era un gran cambio, en
realidad: comenzar a pasar horas fuera de casa y a tener su propio dinero, a
ver y sentir la vida desde otro lugar. Claro que iba a haber rispideces:
―No te entiendo…no hace
falta que vos trabajes, si no te hago faltar nada ―dijo él, ofuscado.
―Papi, vos dentro de poco
te vas a jubilar…con eso no nos va alcanzar. Además, nunca están de más unos
pesitos, ¿no? ―decía ella, resuelta y persuasiva.
―¡No hay ninguna
necesidad, Cristina! ―alzaba la voz Rodolfo y la dejaba hablando sola.
Con los años, Cristina
sólo paraba los fines de semana en la casa, había conseguido trabajo en un
geriátrico de Capital. Todo parecería indicar que no hubo una separación
explícita entre ellos. Más bien, el tiempo y la cotidianidad fragmentaron de
manera natural el vínculo, en ese nebuloso terreno de lo tácito. Él hacia la
ancianidad, y ella paulatinamente hacia otra etapa de su vida.
Era un hermoso mediodía
soleado de domingo. Esa tarde se enfrentaban San Lorenzo y Huracán y Sergio
llevaba puesta la casaca del cuervo.
Desde el patio venía el sonido y el olor de la carne haciéndose en la parrilla.
Sobre la mesa del comedor había fiambres, quesos y bebidas varias. Desde
temprano nomás Rodolfo llevaba despacio su Cinzano con soda. Estaban sentados a
la mesa Rodolfo, Sergio y Camila, la ahijada de cuatro años de Sergio. Y Cristina
que iba y venía de la cocina. Sergio le contaba a su papá sobre un nuevo modelo
de equipo de música que había visto en el centro. Y entonces algo faltaba. Algo
que quizás Rodolfo cuando fue temprano a hacer las compras se olvidó o compró
de menos. Podía ser pan, hielo, helado o soda. El hecho es que lo mandó a su
hijo de una escapada antes de que cerraran. Sergio y Camila, tomados de la
mano, salieron para el almacén. Ni en sus peores sueños previeron que al
regresar sus vidas ya no serían las mismas.
Es muy probable que
Cristina no haya tenido plena consciencia de su muerte. Se encontraba sobre la mesada de la cocina haciendo
las empanadas. Tal vez lo último que escuchó fue la cumbia que acababa de poner
el vecino. Rodolfo Amadeo Tapia la ultimó a traición, por la espalda, de manera
violentamente atroz y sanguinaria, con arma blanca. Luego, sentado en el
comedor, con el doble caño de un pistolón hincando su paladar, se voló lo sesos.
Unos minutos después Sergito y Camila abrían la puerta. De fondo sonaba Y que has hecho de mí del Grupo Sombras.
Aquel día en que a
Cristina le fue arrebatada su vida, ella de verdad estaba feliz. Con cuarenta
años recién cumplidos vislumbraba un nuevo comienzo. Alquilaría una casita o un
departamento. Tendría su espacio, sus actividades, su tiempo. Sería, tal vez,
lo que tantos años de madre y ama de casa jamás le permitieron experimentar:
una mujer soltera, independiente, disponible. Sería, quizás, lo que nunca pudo
ser: una mujer libre. La autopsia reveló que la herida mortal fue la del
trapecio, un hachazo de más de doce centímetros de profundidad.
Epílogo
Quien escribe sabe de muy
buena fuente que Cristina se encontraba, desde hacía por lo menos un año, en una
relación con un tal Oscar, hombre de unos cuarenta y cinco años, que se
desempeñaba en el área de mantenimiento del geriátrico de Belgrano en el que
ella trabajaba. Rodolfo Amadeo Tapia, jubilado de 77 años nacido en Tucumán y
ex policía bonaerense, tomó conocimiento de esta situación dos meses antes del
ominoso desenlace. Lo supo por boca de su hijo Sergio.
lunes, 23 de noviembre de 2020
El influjo de la luna
Una tarde se me dio por escribirle. Raro. Mis mails
nunca pasaban de las dos o tres líneas. Escribir, tratar de llegar a algún
lugar de esa forma, era para mí, por aquel entonces, como hablar por teléfono:
quería cortar lo antes posible. No lo podía controlar. No encontraba modo de
que las palabras salieran, de que tipear una oración fuera tan fácil como
decirla. Y no podía tampoco refrenar el impulso corrosivo de darle click a enviar. Sobre todo, eso. Como una bomba
que estuviera por estallar en mis manos. Como si ahí, en ese acto nimio e
idiota de clickear, hubiera una liberación.
Escribía lo que se me venía a la cabeza. Cualquier
cosa. Sin importar la manera y separando las ideas con enter. Podía escribir sobre una película o un poema o una canción o
los vecinos. Sobre el color azul o el número 7. Sobre la forma de las nubes o
un pasacalle de publicidad religiosa. Sobre lo viejo que era este país. No
importaba en realidad de qué. El hecho era llenar el vacío, incomodarlo, que
hubiera algo en donde antes nada. Quizás intentar entablar comunicación.
Podía estar una o dos o tres horas escribiendo sin
darme cuenta. Hasta que llegaba un momento en que levantaba los dedos del
teclado y me sentía terriblemente cansado. Un cansancio denso e insoportable.
Entonces me tiraba en la cama y me quedaba dormido. Y al despertar al rato
tenía la sensación de haber estado durmiendo durante horas. Entonces salía.
Caminaba sin apuro al comenzar la noche. Las noches de
verano son como la desnudez, hay más bien una relación íntima entre eso que
está aconteciendo y uno. Como si de verdad cualquier cosa pudiera pasar de
manera auténtica, inevitable y única. El hecho es que caminaba así sin un rumbo
determinado. Parecía haber llegado al lugar del despojo absoluto. A ese lugar,
inesperado.
En esas caminatas no pensaba en lo que había escrito.
Sí pensaba en ella, en lo que le pasaría al leerme. Si se acordaría de mí, si
me reconocería en esos textos. O si al leerme pensaría en otra persona. Esto
último hubiese sido lo peor. Es que yo solamente escribía para ella...no era
justo. ¿Se daría cuenta que era yo? ¿Se daría cuenta que a pesar de todos estos
años, era yo? ¿Qué tenían en común el que había conocido con este otro aparecido
que le escribía mails? ¿Y quién era realmente el que escribía todos esos
textos, el que mandaba todos esos mails?
Nunca contestaba. Y no es que me enojara o pretendiera
que lo hiciera. Yo escribía para ella y eso era lo único que importaba. Volver
a hacerlo cada vez, con el mismo inequívoco impulso, con la misma forma tonta o
caprichosa en que se dejan caer las palabras. Quién sabe qué tan importante
pueden ser esos vestigios de fragilidad para alguien. Quién sabe qué pueden
hacer estos precarios signos por los golpes de la sangre o la sordera incurable
en se escurren los días de la vida. A veces pedimos demasiado.
Nada nos puede separar, decíamos. Porque los lazos se
forman para siempre, pensábamos. No sólo teníamos la vida por delante. También
teníamos el amor y la fe, también buscábamos esa porción de dicha que nos
hiciera sentir trascendentes, que cubriera de sentido las horas del día. No sé
cuántos mails le habré mandado. Ya no podría asegurarlo. ¿Cien? ¿Doscientos?
¿Mil? En algún momento se esfumó esa noción, esa seguridad, esa mentira de
tenerlo todo bajo control. De querer contener en un número la sobriedad, el
espanto, la desesperación.
Durante mucho tiempo le seguí escribiendo. Cuando
volvía del trabajo o después de cenar, me sentaba frente a la computadora y me
dejaba llevar. No se trataba de un refugio ni de un ritual, era más un acto de
reflejo, un desborde de ese acontecimiento, un influjo de la contingencia. Se
trataba de transportar la corazonada al cuerpo de un mail, a esa zona
prodigiosa del error. Se trataba de sacar y de extinguir. De ver si por tipear
volvía algún destello. Se trataba de mí.
jueves, 12 de noviembre de 2020
Sobre el fuego sagrado
¿Cuándo deja una persona
de tener ‘toda la vida por delante’? Y cuando eso sucede, ¿qué hay de todos
esos años de vida que le quedan hasta morir? ¿Son inválidos? ¿Son estériles? ¿Son inocuos? ¿Son acaso una tenue sombra de lo que alguna vez fue? Extraño tener siete años.
Cuando la llama del fuego sagrado era sólida y altiva. Y no importaba, tal vez,
otra cosa. Porque la inocencia saldaba todas las deudas, todas las dudas y no
tenía tiempo de pensar en la tristeza. No había, de verdad, ni pasado ni
futuro. A lo sumo la tarea de matemáticas para presentar al otro día. No
romantizo la niñez. Pero cómo quisiera volver a sentir el fuego interno de
aquellos días. Donde literalmente todo era posible: levantarse de la cama,
hacer los mandados, hablar con otras personas, andar en bicicleta. Todo era una
aventura. Todo tenía sabor a nuevo y excitante. Todo parecía ser un gran juego
en el que cada cosa tomaba su lugar, no había intención ni voluntad, sólo un
genuino deseo interior que todo lo comandaba. Si el amor existe, es ese niño de
siete años. Que no importara qué pasara. Pues tenía, ante todo, como un
valeroso escudo, una impetuosa sonrisa.
miércoles, 11 de noviembre de 2020
Alone
No hay un bosque atrás de la casa de Alan. Aunque se
empecinara en decir que sí. Aunque nos mostrara fotos oscuras en su celular,
fotos inentendibles, que podían ser de cualquier otro lugar. Aunque nos dijera
que él había ido muchas veces, pero que sólo se podía visitar de noche. Pobre
Alan, ningún bosque.
Él nos insistía. Nos decía que había intentado ir de
día pero que no había podido llegar, que las cuadras se le hacían
interminables, que se desorientaba y terminaba perdido. Trataba de explicarnos.
Y nos insistía. Durante mucho tiempo lo hizo. Creía en lo que nos decía. Creía
en nosotros, cuando lo escuchábamos, cuando lo mirábamos a los ojos.
Nadie podría culparlo. Nadie podría nunca culparlo de
nada. Yo creo que en el fondo algo intuía. No podía ser de otra manera. Su
sensibilidad era muy particular, sobre todo después del accidente. Ahí fue que
cambiaron las cosas. Se salvó de milagro, pero para ser otro.
Y por qué, lo interrogaba uno de nosotros, siguiéndole
la corriente.
No sé, decía él.
Él y sus mentiras. Siempre. Nos tomaba el pelo desde
que éramos chicos, que éramos unos tontos.
Si sólo nos quedáramos en la superficie. Si no fuera una
condición la de hurgar lugares antes habitados. Quizás hoy las cosas serían
diferentes.
Las cosas podrían haber sido diferentes.
Nosotros siempre nos quedábamos en la superficie. Para
qué ir más allá. Para qué hurgar campos antes habitados.
Sólo queríamos sobrevivir, hacer que todo fuera menos
cruel.
Nosotros no sabíamos. No sabíamos que algo así pudiera
pasar. Nos habíamos acostumbrado a que las cosas fueran así, a quedarnos en la
superficie, a no preguntar sobre aquellas fisuras que estaban en el aire, que
agrietaban cierta forma sólida de lo que éramos.
Lo abandonamos. O nos abandonamos. Pero no cuando
todos creen.
Alan, Gustavo y yo nos conocimos cuando teníamos cinco
años.
Nunca quisimos cometer un crimen perfecto. O algo
parecido. Sólo tratábamos de sobrevivir, de hacer menos cruel todo. No me
enorgullece lo que hicimos. Pero él ahora está mejor, ahora es digno, no es
vida arrastrarse en una silla de ruedas.
No me incomoda hablar de Alan. Pero tengo que decir
que no había ningún bosque atrás de su casa.
martes, 10 de noviembre de 2020
Breve historia del Crimen Organizado
Por estos días se sumó a
la extensa lista de esta clase de modalidad delictiva, un nuevo episodio
protagonizado por los denominados ‘motochorros’. El suceso ocurrió en el
partido de Malvinas Argentinas, en el noroeste del conurbano. ¿La
particularidad? Quien acometió el atraco es miembro activo de la Policía
Bonaerense. Claro que, lejos de sorprendernos, la implicancia de integrantes de
la fuerza en hechos ilícitos se ha convertido, con el correr del tiempo, en el
pan nuestro de cada día. Sobre esto trata La
Bonaerense 2, la secta del gatillo, de Ricardo Ragendorfer, publicado allá
por 2006. Meternos en el universo de esta obra, a la cual precede La Bonaerense, Historia criminal de la Policía
de la Provincia de Buenos Aires, publicado en 2002 y escrito a dúo entre
Ragendorfer y Carlos Dutil, es como tomar un curso acelerado sobre la dinámica
de funcionamiento, contradicciones y tensiones de los poderes fácticos de
nuestra sociedad. Porque una institución de la envergadura de la Policía
Bonaerense, una de las fuerzas de seguridad más importante del país y que fue
fundada en la década del cuarenta nada menos que por Perón, no podría ser
corrupta y criminal por sí sola, sino más bien como parte de un entramado más
oscuro y complejo que involucra y contiene a los Poderes Político y Judicial.
Producido durante momentos álgidos del país, entre la segunda mitad de los 90’s
y los primeros años de los 2000, La
Bonaerense 2, la secta del gatillo nos presenta una certera conclusión: la
participación de miembros policiales en actos delictivos no es una mera
excepción, sino que, por el contrario, obedece a una estructura de crimen
organizado, a tal punto de ser éste su base de sustentación. Por lo demás,
podemos decir que la avezada pluma de Ragendorfer, titánico referente de la
sección Policiales de innumerables
medios gráficos, con su llano y rústico estilo, se apoya sobre la construcción
de escenarios, ambientes y climas como si de una clásica novela negra se
tratara. Por eso, y por su invaluable valor documental, ya merece un lugar en
nuestra biblioteca.
Qué se puede hacer salvo ver peliculas #1 - Terminator 2: El juicio final (1991)
¿Qué se puede decir de un clásico que ya tiene 30 años? Hacía bocha de tiempo que no la veía, y no sé si no fue esta la primera vez en verla...