Como un castillo de arena. Tal vez sea esta
la mejor manera de comenzar. Porque hace días pienso frente a la computadora. Y
quizá haya mucho más en juego de lo que podría aceptar. Ser un fantasma siempre
ha sido la mejor forma de salir más o menos airoso, de no quedar tan a la
intemperie, de gambetear el dolor de
aquellos hechos que nos marcan a fuego. Porque, aceptémoslo, hacemos lo que
podemos. Y sabemos que nunca será suficiente. Que la estrella puede agotarse
incontables veces. Que la vida no es un mazo de cartas. Y que es incansable la
cuesta de aprender de nuestros errores. Porque sabemos: esos castillos, los de
arena, tarde o temprano se derrumban.
Esta podría ser la historia de cualquiera
de nosotros. Digo, de quienes, tal vez sin darnos cuenta, hacemos de la culpa, el miedo y la pena una fuente inagotable de excusas. O un campo
minado. Cuando tenía exactamente la mitad de los años que tengo hoy, en un
episodio que hasta podría definirse como anecdótico, ese día en que finalicé la
secundaria, me tocó experimentar quizá un hecho fundamental: tener ante mis
ojos las dos caras de una misma moneda. Saber que podía ser, casi en el mismo
momento, el tipo más dichoso del mundo, pero también el más triste.
Yo era uno de esos tantos fofos e híbridos
seres que andan por ahí y a los que se da en llamar adolescentes. A esa edad no
se sabe muy bien qué carajo sos. No sos un nene de once que comienza a ver cómo
algunas partes de su cuerpo se llenan de pelo o sufren extrañas alteraciones.
Tampoco sos un guacho de veinte que lo único que quiere es cogerse todo lo que
se ponga adelante. Mucho menos un adulto, claro. Para una cosa te falta y para
la otra ya te pasaste. Y para colmo, todos parecieran estar esperando algo de
vos.
Para entonces mi familia ya se había
desmembrado. Mi hermano había emigrado hacía unos años, en vísperas de la
eclosión social, política y económica que se dio al cambiar el milenio y apenas
unos meses antes del derrumbe de las torres gemelas, a Estados Unidos. Allá iba
él a buscar su suerte, con veintidós años. Esto, por supuesto, es tema aparte:
hubo una época en que, cada vez que hablaba de él, se me llenaban los ojos de
lágrimas. No es fácil, para mí, hablar de eso. Pero el hecho es que quedé en
condición de hijo único en el seno de un matrimonio que ya estaba acabado.
Es cierto, también, que estaba Gabriela. Y
que conocerla había sido lo mejor de aquel tiempo. Quizá lo único bueno. Pero
nuestra relación ya promediaba el año y pico y no era lo mismo. Nos habíamos
enamorado como se enamoran las personas a esa edad. Habíamos pasado por
histerias, caprichos, egoísmos y afecto genuino. Y experimentado el despertar
sexual acompañados. Habíamos aprendido, a las cansadas, el uno del otro. Pero
ahora había veces en que nos mirábamos raro. Ella había crecido, tenía
proyectos, ganas, expectativas. Y yo también. Pero la verdad es que me daba lo
mismo.
Porque algo había empezado a cambiar,
aunque me estuviera vedado. Paulatina y subrepticiamente, en esos años de
predominante incertidumbre y confusión, comencé a dejar de habitar la
superficie. Como si llevara una estéril máscara para decorar los días, podía
interactuar o socializar, pero sólo porque era inevitablemente necesario.
Esquivo y reservado, poco a poco comencé a ser una especie de refugiado, a
poblar mi espíritu con un existencial desamparo. En los intersticios del
inconsciente yo ya había empezado a quedarme solo. Aunque no lo supiera. Aunque
el mundo alrededor siguiera girando.
A veces pienso que a la infancia inmensamente
feliz que tuve, no podía sino contraponerse una tempestuosa y caótica adolescencia.
Porque esa etapa de la vida que va de la pubertad a la adultez joven, queramos
o no, es tan crucial como nacer. Si el primer gran trauma es ser eyectado al
mundo, el segundo es ese puente de transición entre ser niño y convertirse en
adulto. La adolescencia tal vez sea la caída de ese castillo que llamamos
inocencia cuando somos esas incipientes criaturas aladas que estamos viendo
como extraterrestres de qué se trata todo esto. ¿Quién podría salir ileso?
Lejos de cualquier actitud de resistencia, mi corazón herido se volvió más
frágil. Pero también más frío. Y comencé a blindarme, a marcar distancia, a
recorrer los pasillos de la realidad como si fuese un espectro. Sin quererlo,
comencé a abandonarme.
Tener un título secundario no es un
mérito. Al menos nunca lo fue para mí. La felicidad que experimenté cuando la
profesora de Geografía dijo ‘Toledo, está aprobado’ no tenía que ver con la
obtención de un título. No estoy hablando de las piedras que ponen en nuestro
camino, ni haciendo una oda al sacrificio, ni metiendo un speech de autosuperación. Hablo de sacarte de encima algo que hacés
por imposición y de la dicha que eso causa. Como llegar un día a ese trabajo
que detestás y decirle a tu jefe todo lo que pensás de él, darte media vuelta e
irte lo más pancho. De lo bien que se siente caminar así. De eso estoy
hablando.
Porque la rebeldía que se encuentra a flor
de piel trata justamente de esto. De cómo sobrellevar las tensiones de una
realidad que además de inevitablemente impuesta va tornándose cada vez más
cruda, con lo mucho o lo poco que traigamos puesto de casa y con la cada vez
mayor influencia de los grupos de amistades en los que buscamos pertenencia.
Todos podemos transformarnos, de un momento a otro, en bombas de tiempo. Ya sea
que se nos dé por el silencio, la apatía o la agresividad, los adolescentes
siempre somos culpables hasta que se demuestre lo contrario. Y en este contexto
traté de que la salida del secundario fuese lo menos traumática posible: si en
primer año casi había repetido, en el último intenté mantener la cabeza fría.
Después de todo sólo se trataba de decirle al docente lo que él o ella quería
escuchar. Hermosa prefiguración de la adultez, ¿no?
En aquel caluroso febrero de 2004, estaba
a sólo dos materias de irme definitivamente de esa tediosa institución que,
paradójicamente o no, llevaba por nombre Jorge Luis Borges, Geografía y el
monstruo que se esconde debajo de la cama, Matemáticas. Con esta última tenía
una relación especial: cuando los ejercicios me salían, me encantaba, pero
cuando no, quería prenderlo fuego hasta al mismísimo Pitágoras. La había
preparado durante todo el verano en clases particulares y la terminé aprobando
por la mínima nota más bien por la afinidad que tenía con el profesor o porque
al parecer él tenía un buen día:
―Tomá, Ezequiel ―me dijo con un dejo de
conmiseración Carlos Fuentes, mientras me entregaba el parcial con un hermoso 4
en color rojo.
No me importaba. Ya estaba aprobada. Ser
Bonaparte o Robin Hood lo mismo daba. No debería destinar ni un minuto más de
mis días a tratar de descifrar los misterios del álgebra y los artilugios del
pensamiento lógico. Sin importar cómo, había vencido al cuco.
A Geografía también la preparé con ayuda
en clases particulares durante todo ese verano. Aunque no suele entrar dentro
del canon de materias clásicas que se llevan a marzo, podría argumentar a mi
favor que la profesora y yo no teníamos la mejor de las químicas. Yo la veía a
ella y a su materia como algo totalmente aburrido e innecesario, y ella veía en
mí a un insolente pendejo lleno de indiferencia. Por supuesto, en su hora me la
pasaba boludeando. Pero creo que de
alguna manera todo eso quedó saldado aquel día en que nos vimos por última vez.
Ella me dijo: Toledo, todo lo que hizo en el mapa está mal, pero el desarrollo
del contenido teórico lo hizo muy bien…está aprobado. Yo sentí que me estallaba
el corazón. Acababa de superar el último gran escollo para salirme de ahí, para
no usar más uniforme, para creerme libre.
Recuerdo que al salir del aula todo
excitado por haber aprobado, me crucé con Martín Cuneo, un pibe con el que no éramos
cercanos pero que habíamos compartido unos años de primaria y ahora la
secundaria en esta escuela. Pobre Cuneo, parecía que estaba en un velorio. Me
contó que acababa de desaprobar una materia, que repetía el año. Esa era, tal
vez, la peor de las tragedias para un adolescente. Porque, digamos las cosas
como son, repetir es más o menos como ser un ex convicto. Las personas te miran
con desprecio o lástima, como diciendo ‘cómo vas a repetir’ o ‘repetiste porque
sos un vago’ o ‘repetiste porque no te da’. Si sólo pudiéramos ver las cosas
desde otra perspectiva que no sea la incomprensión o la dureza. Si tan sólo pudiéramos considerar que repetir
el año tal vez no sea más que una auténtica señal de no querer o no poder
encajar en este sistema, en esta gran cloaca humana que llamamos mundo. Pobre
Cuneo. Hoy, a la distancia, pienso en que quizá podría haber hecho algo más por
él, no sé, convencerlo para irnos a vagar por ahí, a emborracharnos, a mirar
pájaros al río, qué sé yo, a cualquier cosa antes que dejarlo solo ahí, con esa
mochila tan pesada, con esa desolación inconmensurable.
Cuando finalmente, cerca del mediodía,
salí de aquella escuela para siempre, me encontraba extasiado. Yo era algo así
como un triunfador. Porque mientras la mayoría de mis compañeros se habían
llevado varias materias y tendrían que seguir lidiando con eso ahora ya como
egresados, yo estaba ahí, libre de culpa y cargo, a mano con el orden, desprendido
de la carga de esa responsabilidad como quien saca la basura todos los días en
horario. Pero fue justamente en ese momento de intensa felicidad en que, como
si hubiese caído un rayo sobre mí, comencé a darme cuenta de algo que no había
podido ver: que estaba solo. Que no tenía a nadie a quien llamar, a nadie con
quien abrazarme. Que si las personas de mi entorno no se habían alejado de mí,
yo mismo me había encargado de alejarlas…o alejarme. Y eso, en el ápice de lo que yo creía una victoria, fue devastador.
Así, con tan sólo diecisiete años, comencé
esa nueva etapa de mi vida. Descrubí, quizá con un poco de verguenza, que algo latía por debajo de la ausencia. Ahí supe que ser feliz y no tener con quien
compartirlo, es la cara más brutal de la soledad. Descubrir el velo como quien
mira al espejo y ver nítidamente el fuego y el tamaño de su sombra, así, aquel
día, en aquel minúsculo hecho, la ponzoñosa realidad de mi condición llegó hasta
mí como un hondo vacío. Como una impotencia burda y aplastante. Como una
elocuente forma de la tristeza.
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