Mostrando entradas con la etiqueta nota mental. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta nota mental. Mostrar todas las entradas

jueves, 12 de noviembre de 2020

Sobre el fuego sagrado

 

¿Cuándo deja una persona de tener ‘toda la vida por delante’? Y cuando eso sucede, ¿qué hay de todos esos años de vida que le quedan hasta morir? ¿Son inválidos? ¿Son estériles? ¿Son inocuos? ¿Son acaso una tenue sombra de lo que alguna vez fue? Extraño tener siete años. Cuando la llama del fuego sagrado era sólida y altiva. Y no importaba, tal vez, otra cosa. Porque la inocencia saldaba todas las deudas, todas las dudas y no tenía tiempo de pensar en la tristeza. No había, de verdad, ni pasado ni futuro. A lo sumo la tarea de matemáticas para presentar al otro día. No romantizo la niñez. Pero cómo quisiera volver a sentir el fuego interno de aquellos días. Donde literalmente todo era posible: levantarse de la cama, hacer los mandados, hablar con otras personas, andar en bicicleta. Todo era una aventura. Todo tenía sabor a nuevo y excitante. Todo parecía ser un gran juego en el que cada cosa tomaba su lugar, no había intención ni voluntad, sólo un genuino deseo interior que todo lo comandaba. Si el amor existe, es ese niño de siete años. Que no importara qué pasara. Pues tenía, ante todo, como un valeroso escudo, una impetuosa sonrisa.

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Veganismo Argentino

 

El veganismo se proyecta como la nueva gran grieta nacional. Los asaditos del domingo ya no serán tan plácidos y felices, las empanadas norteñas serán de soja texturizada o no serán, y la típica y calórica pastelería argentina, con muchas penas y gloria y hepatalginas mediante, habrá tocado a su fin. A su vez, esta corriente humanista que pregona por los derechos de los animales no humanos, es también el nuevo enarbolamiento de la juventud. Una juventud que, en términos generales, es urbana, de clase media y cosmopolita. Y que por ende está dispuesta a hacer arder en hogueras públicas al omnivorismo, o también llamado especismo. Lo cierto es que el veganismo no nació hace unos años, su origen se remonta a varias décadas atrás y tiene como antecesor indefectible al vegetarianismo. Siempre existieron los veganos, pero eran unos pocos ‘locos’ sueltos, desperdigados por el mundo. Luego comenzaron a juntarse, a organizarse y a encuadrarse en lo que para ellos es una filosofía de vida y una postura política (desconozco si en algún país existe un partido político vegano, así como existen partidos ambientalistas). Sus detractores sostienen que se trata de moda y sectarismo. Los activistas veganos, por su parte, se definen como protagonistas de un movimiento de bondad y amor, cuyo principal fundamento es la empatía. En la era de las redes sociales, arrecian los influencers que nos enseñan cómo llevar una alimentación sin crueldad animal. Hay que decir que todos los argumentos de los activistas veganos son fidedignos, o sea que tienen su grado de verdad. Sin embargo, podríamos aventurarnos a decir que, en el fulgor de la defensa de los ideales, hay algunas cuestiones que no se problematizan. Por ejemplo, ¿qué pasaría con la cantidad de puestos de trabajo que generan las industrias ganadera y láctea (por no mencionar las industrias de cosmética e indumentaria)? Un caballo que se utiliza para equino terapia, y por ende mejora la calidad de vida de personas con afecciones neurológicas o motrices, ¿es explotado? ¿O ‘colabora’ con el humano para beneficiarlo? ¿Alcanza para entablar una lucha política el argumento de la empatía? ¿O tal vez sería más estratégico que los activistas veganos se centrasen en el cambio climático y el deterioro ambiental? ¿Si el veganismo es una ‘causa clasista’, esto le quitaría mérito ante causas más urgentes como la pobreza o el hambre, o podría ser parte en la solución de las mismas? ¿Puede acaso el veganismo correr el riesgo de transformarse en un fundamentalismo?  No vamos a explayarnos acá sobre lo cruento y abyecto que son las industrias que se generan a partir de los animales, de alguna manera ya lo dijo hace mucho Paul McCartney: si los frigoríficos y mataderos tuvieran paredes de vidrio, nadie comería carne. Sería muy conveniente que las sociedades evolucionen al considerar que los animales ya no son fuente de alimento ni entretenimiento para los humanos. Si es que se trata de establecer una opinión y postura, debo decir modestamente que en lo personal no estoy de acuerdo con ‘criminalizar’ a los que comen carne. Sobre todo en el contexto de un país que es ganadero desde antes de ser fundado. Es pertinente pensar que las cosas caen por su propio peso: por ejemplo, cuando empiece a escasear el agua dulce al humano no le va a quedar otra que hacerse vegano e implementar una alimentación basada en plantas. Ocurra esto el año que viene o dentro de cinco siglos. Por eso, el futuro es vegano.

 

domingo, 1 de noviembre de 2020

¿La agroecología va a salvar al mundo?

 

La agroecología no termina de nacer y ya lleva sobre sus espaldas tamaña responsabilidad: salvar al planeta. Sus orígenes se remontan a la historia reciente. Casi que podríamos decir que más o menos por la misma época en que se introducía la soja transgénica en la provincia de Buenos Aires, en paralelo y de manera subrepticia se iniciaban las primeras experiencias de esta manera de producir alimentos, hacia fines de la década del 80 y comienzos de los 90’s. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO en sus siglas en inglés), la agroecología se trata de «una disciplina científica, un conjunto de prácticas y un movimiento social. Como ciencia, estudia cómo los diferentes componentes del agroecosistema interactúan. Como un conjunto de prácticas, busca sistemas agrícolas sostenibles que optimizan y estabilizan la producción. Como movimiento social, persigue papeles multifuncionales para la agricultura, promueve la justicia social, nutre la identidad y la cultura, y refuerza la viabilidad económica de las zonas rurales». Podemos decir, entonces, que nos encontramos ante un fenómeno social, económico y cultural. Y en este sentido, un cambio de paradigma. Es que si nunca antes nos habíamos preguntado cómo es que llega a nuestra mesa todo lo que consumimos, hoy la agroecología viene justamente a patear el tablero, a poner en jaque el sistema de producción, la cadena de distribución, el engranaje de las diferentes industrias alimentarias. Y porque en verdad nada sucede porque sí, lo hace en un contexto de deterioro ambiental y humano muy agudo, en que ninguna de las proyecciones es mínimamente alentadora. La pandemia, en principio, ha podido significar un alivio temporal para el planeta. La baja en las actividades de millones de humanos pudo haber resultado significativa en términos ambientales, aunque a juzgar por los incendios, los desmontes y los temblores en distintos puntos del globo, queda la duda. Lo que si una evidencia se ha impuesto frente a nuestras narices: un capitalismo depredador ya no es viable. Nunca lo fue en realidad. Pero hoy estamos en el límite: no es que el planeta vaya a explotar o a llenarse de zombies, simplemente va a dejar de ser un lugar habitable para la raza humana, las muertes por cáncer van a aumentar de manera exponencial y las corporaciones oligopólicas y farmacéuticas se harán aún más millonarias. En este escenario, la agroecología puede ser un cimiento fundamental en una nueva manera de producir, distribuir y consumir. ¿Podremos estar a la altura de las circunstancias?

sábado, 31 de octubre de 2020

Guernica, propiedad privada y déficit habitacional

 

Hace unos años, cuando laburaba como remisero en San Isidro, me tocó llevar a una señora muy simpática y conversadora, tenía unos 85 años y una predisposición vital muy vivaz. Me contó algunas anécdotas de su vida y me dijo un par de cosas que me quedaron dando vueltas. Una de ellas fue: cuando yo era joven, nosotros sabíamos que si nos rompíamos el lomo laburando podíamos tener nuestra casa propia, hoy, ustedes, los de tu generación, saben que por más que trabajen mucho no van a llegar. Sin saberlo, esa señora condensó en esta frase basada en la vida real y no en libros de sociología, una buena parte de la historia de este país. La toma de tierras de Guernica es una urgencia, que se precipitó de manera multicausal por la pandemia. Pero lamentablemente sólo es la punta del iceberg. Y no hago referencia acá únicamente a las personas en situación de calle o que están por debajo de la línea de pobreza, sino también a ese amplio espectro llamado clase media. El 80% de quienes están leyendo esto son inquilinos, o sea alquilan una propiedad para vivir. Y todos sabemos que alquilar se ha vuelto cada vez más complejo. Las condiciones y requisitos que se solicitan son altamente excluyentes, en términos de presentar avales legales, en términos de cuestiones personales y en términos de montos. Y en el caso de que esos requisitos y condiciones sean más laxos, el inmueble en cuestión en general es un lugar en el que nadie en su sano juicio elegiría vivir. Una flamante ley de alquileres, en vigencia desde julio, promete traer un respiro a los inquilinos, ‘amplía sus derechos’ sostienen sus promotores. A pesar de esto, habría que ver, en términos reales y prácticos, hasta qué punto va a resultar beneficioso, pues la última palabra siempre la tiene el propietario, que podría incluso no alquilar más su inmueble… o volcarse al mercado no regulado. La casa en la que actualmente vive mi padre, un hombre de 75 años que sólo se dedicó a trabajar, la pudo obtener a través de un plan quinquenal de Perón, en la década del 60. ¿Se podría lanzar hoy un plan quinquenal como en aquella época? ¿Alcanzaría un programa de acceso a la vivienda de esas características ante la demanda actual? ¿Existen las plazas suficientes para que todos podamos tener nuestra casa propia en un país que tiene la octava extensión de tierra más grande del mundo y en la que habitamos unas 50 millones de personas? ¿Es sostenible el plan Procrear en el contexto de una economía inestable? ¿Cuánto dinero mensual necesita hoy una pareja de veinteañeros para alquilar, vivir, comprar un lote y mientras tanto construir su casa? ¿Cuántas personas pudieron acceder a su casa propia en los mejores años del kirchnerismo? ¿Qué papel juega, en toda esta situación, la tan mentada oligarquía terrateniente de este país? El déficit habitacional no es una problemática propia de Argentina. En Estados Unidos, un país desarrollado y de economía pujante, cada vez hay más homeless y ciudadanos de clase media viviendo en autos en estacionamientos abiertos. En Europa, hay casos de jóvenes trabajadores y estudiantes que viven en departamentos de 10 metros cuadrados. En África, las precarias condiciones de hábitat llevan a las masas a morir por infecciones como el cólera, la polio y la tuberculosis. Como hemos escuchado en estos últimos meses, la pandemia ha sacado a la superficie problemas de vital importancia, que hasta que el mundo no se paró se podían seguir metiendo bajo la alfombra. Y mientras tanto el número de muertos por Covid-19 aumenta, el cambio climático se recrudece, la economía se hunde y buena parte del mundo se prende literalmente fuego. Tal vez haya llegado el momento de empezar a pensarnos como sobrevivientes. Lo que, en el mejor de los casos, implicaría un cambio en nuestra consciencia.


viernes, 30 de octubre de 2020

Diego

 

Los que me conocen saben que el fútbol me chupa un huevo. Me da lo mismo si el Barcelona es quíntuple campeón mundial o si el River de Gallardo es magistralmente imparable. Me pinta el futbolero cada vez que hay un Mundial, porque se supone que ahí están los mejores, y que se puede apreciar un buen espectáculo. Aunque sé que la magia de este juego puede también suceder en un partido de la primera D o en un picado acá a la vuelta. Pero es así, qué se le va a hacer, nací racional y moriré pecho frío, no es la muerte de nadie (y duermo plácidamente por las noches). Pero por Maradona tengo un cariño especial. No sólo por lo que él es y representa como trascendencia futbolística. Sino porque, modestamente hablando, él encarna lo mejor y lo peor de ser argentino, de esta rara mezcla genética y de latitudes de razas a la que se llama argentinidad. Un pibe que nació con un don, en un contexto de extrema pobreza, que la pegó como nunca imaginó y que cayó en la adicción. Una tragedia de la Antigua Grecia, pero representada en un país de Sudamérica en el siglo XX. Diego Maradona es al pan pan y al vino vino, un tipo que puede ser extremadamente tierno o prenderte fuego con la mirada, alguien a quien no le importa estar equivocado sino tener razón, un tipo que se cayó y volvió a levantar miles de veces (porque ser adicto es eso, es caerse y levantarse un montón de veces), un ser pasional, que te puede querer cagar a trompadas y a los diez minutos invitarte una cerveza. Es, en definitiva, como todos nosotros, un ser imperfecto. Pero también el mejor jugador de fútbol que existió sobre la faz de la tierra.

miércoles, 21 de octubre de 2020

Las palabras y los días

 

Hay mucho viento en Buenos Aires en este momento. Los días comienzan con un sol impetuoso, pero cerca del mediodía se nublan, se vuelven grises, queda en la retina una sensación extraña, como de día perdido, de inconclusa futilidad. Lamento que esto que escribo se parezca nomás a la conversación arriba de un taxi, ustedes podrían replicar sobre las probabilidades de lluvia o que salieron desabrigados.  El exceso de Youtube y de pornografía han hecho estragos en mi sistema neurológico. Aunque más allá de eso, lo que hay acá es un tremendo vacío, la impresión certera de no tener una historia que contar, la fatalidad de la escasez de palabras, las mías. Es el colmo del escritor, que inventa palabras para llenar vacíos (y para pagar el alquiler). Palabras, dicho sea de paso, que mañana serán viejas. O incluso en una hora ya nadie recordará. Quedarán, tal vez, con suerte, en algún rincón del inconsciente, habrán abierto un recóndito surco de conexión o pasado sin pena ni gloria. Así es esto, así son las palabras, Por lo demás, el viento sigue áspero, golpea a mi puerta como si fuese el casco de un barco. Un barco en el medio del océano. Un océano lleno de silencio.

Qué se puede hacer salvo ver peliculas #1 - Terminator 2: El juicio final (1991)

¿Qué se puede decir de un clásico que ya tiene 30 años? Hacía bocha de tiempo que no la veía, y no sé si no fue esta la primera vez en verla...