Los que me conocen saben
que el fútbol me chupa un huevo. Me da lo mismo si el Barcelona es quíntuple campeón
mundial o si el River de Gallardo es magistralmente imparable. Me pinta el
futbolero cada vez que hay un Mundial, porque se supone que ahí están los
mejores, y que se puede apreciar un buen espectáculo. Aunque sé que la magia de
este juego puede también suceder en un partido de la primera D o en un picado acá a la vuelta. Pero es así,
qué se le va a hacer, nací racional y moriré pecho frío, no es la muerte de
nadie (y duermo plácidamente por las noches). Pero por Maradona tengo un cariño
especial. No sólo por lo que él es y representa como trascendencia futbolística.
Sino porque, modestamente hablando, él encarna lo mejor y lo peor de ser
argentino, de esta rara mezcla genética y de latitudes de razas a la que se
llama argentinidad. Un pibe que nació con un don, en un contexto de extrema
pobreza, que la pegó como nunca imaginó y que cayó en la adicción. Una tragedia
de la Antigua Grecia, pero representada en un país de Sudamérica en el siglo XX.
Diego Maradona es al pan pan y al vino vino, un tipo que puede ser
extremadamente tierno o prenderte fuego con la mirada, alguien a quien no le
importa estar equivocado sino tener razón, un tipo que se cayó y volvió a
levantar miles de veces (porque ser adicto es eso, es caerse y levantarse un
montón de veces), un ser pasional, que te puede querer cagar a trompadas y a
los diez minutos invitarte una cerveza. Es, en definitiva, como todos nosotros,
un ser imperfecto. Pero también el mejor jugador de fútbol que existió sobre la
faz de la tierra.