El veganismo se proyecta
como la nueva gran grieta nacional. Los asaditos del domingo ya no serán tan
plácidos y felices, las empanadas norteñas serán de soja texturizada o no
serán, y la típica y calórica pastelería argentina, con muchas penas y gloria y
hepatalginas mediante, habrá tocado a su fin. A su vez, esta corriente
humanista que pregona por los derechos de los animales no humanos, es también
el nuevo enarbolamiento de la juventud. Una juventud que, en términos generales,
es urbana, de clase media y cosmopolita. Y que por ende está dispuesta a hacer
arder en hogueras públicas al omnivorismo, o también llamado especismo. Lo
cierto es que el veganismo no nació hace unos años, su origen se remonta a
varias décadas atrás y tiene como antecesor indefectible al vegetarianismo. Siempre
existieron los veganos, pero eran unos pocos ‘locos’ sueltos, desperdigados por
el mundo. Luego comenzaron a juntarse, a organizarse y a encuadrarse en lo que
para ellos es una filosofía de vida y una postura política (desconozco si en
algún país existe un partido político vegano, así como existen partidos
ambientalistas). Sus detractores sostienen que se trata de moda y sectarismo.
Los activistas veganos, por su parte, se definen como protagonistas de un
movimiento de bondad y amor, cuyo principal fundamento es la empatía. En la era
de las redes sociales, arrecian los influencers que nos enseñan cómo llevar una
alimentación sin crueldad animal. Hay que decir que todos los argumentos de los
activistas veganos son fidedignos, o sea que tienen su grado de verdad. Sin
embargo, podríamos aventurarnos a decir que, en el fulgor de la defensa de los
ideales, hay algunas cuestiones que no se problematizan. Por ejemplo, ¿qué
pasaría con la cantidad de puestos de trabajo que generan las industrias
ganadera y láctea (por no mencionar las industrias de cosmética e indumentaria)?
Un caballo que se utiliza para equino terapia, y por ende mejora la calidad de
vida de personas con afecciones neurológicas o motrices, ¿es explotado? ¿O ‘colabora’
con el humano para beneficiarlo? ¿Alcanza para entablar una lucha política el
argumento de la empatía? ¿O tal vez sería más estratégico que los activistas
veganos se centrasen en el cambio climático y el deterioro ambiental? ¿Si el
veganismo es una ‘causa clasista’, esto le quitaría mérito ante causas más
urgentes como la pobreza o el hambre, o podría ser parte en la solución de las
mismas? ¿Puede acaso el veganismo correr el riesgo de transformarse en un
fundamentalismo? No vamos a explayarnos
acá sobre lo cruento y abyecto que son las industrias que se generan a partir
de los animales, de alguna manera ya lo dijo hace mucho Paul McCartney: si los
frigoríficos y mataderos tuvieran paredes de vidrio, nadie comería carne. Sería
muy conveniente que las sociedades evolucionen al considerar que los animales
ya no son fuente de alimento ni entretenimiento para los humanos. Si es que se
trata de establecer una opinión y postura, debo decir modestamente que en lo
personal no estoy de acuerdo con ‘criminalizar’ a los que comen carne. Sobre
todo en el contexto de un país que es ganadero desde antes de ser fundado. Es
pertinente pensar que las cosas caen por su propio peso: por ejemplo, cuando
empiece a escasear el agua dulce al humano no le va a quedar otra que hacerse
vegano e implementar una alimentación basada en plantas. Ocurra esto el año que
viene o dentro de cinco siglos. Por eso, el futuro es vegano.
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