La agroecología no
termina de nacer y ya lleva sobre sus espaldas tamaña responsabilidad: salvar
al planeta. Sus orígenes se remontan a la historia reciente. Casi que podríamos
decir que más o menos por la misma época en que se introducía la soja
transgénica en la provincia de Buenos Aires, en paralelo y de manera subrepticia
se iniciaban las primeras experiencias de esta manera de producir alimentos, hacia
fines de la década del 80 y comienzos de los 90’s. Según la Organización de las
Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO en sus siglas en
inglés), la agroecología se trata de «una disciplina científica, un conjunto de
prácticas y un movimiento social. Como ciencia, estudia cómo los diferentes
componentes del agroecosistema interactúan. Como un conjunto de prácticas,
busca sistemas agrícolas sostenibles que optimizan y estabilizan la producción.
Como movimiento social, persigue papeles multifuncionales para la agricultura,
promueve la justicia social, nutre la identidad y la cultura, y refuerza la
viabilidad económica de las zonas rurales». Podemos decir, entonces, que nos
encontramos ante un fenómeno social, económico y cultural. Y en este sentido,
un cambio de paradigma. Es que si nunca antes nos habíamos preguntado cómo es
que llega a nuestra mesa todo lo que consumimos, hoy la agroecología viene
justamente a patear el tablero, a poner en jaque el sistema de producción, la
cadena de distribución, el engranaje de las diferentes industrias alimentarias.
Y porque en verdad nada sucede porque sí, lo hace en un contexto de deterioro
ambiental y humano muy agudo, en que ninguna de las proyecciones es mínimamente
alentadora. La pandemia, en principio, ha podido significar un alivio temporal
para el planeta. La baja en las actividades de millones de humanos pudo haber
resultado significativa en términos ambientales, aunque a juzgar por los
incendios, los desmontes y los temblores en distintos puntos del globo, queda
la duda. Lo que si una evidencia se ha impuesto frente a nuestras narices: un
capitalismo depredador ya no es viable. Nunca lo fue en realidad. Pero hoy estamos
en el límite: no es que el planeta vaya a explotar o a llenarse de zombies,
simplemente va a dejar de ser un lugar habitable para la raza humana, las
muertes por cáncer van a aumentar de manera exponencial y las corporaciones
oligopólicas y farmacéuticas se harán aún más millonarias. En este escenario,
la agroecología puede ser un cimiento fundamental en una nueva manera de
producir, distribuir y consumir. ¿Podremos estar a la altura de las
circunstancias?
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