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lunes, 30 de noviembre de 2020

Hasta que la muerte nos separe

 

Esta es la historia de un homicidio. De un ama de casa de un barrio incierto de José C. Paz. Era el año 2006 y los medios titularon Crimen pasional deja dos víctimas. Es que su pareja, su verdugo, luego de apagarle la vida, se suicidó. Dejó así, en un mismo acto, huérfano de madre y padre, al único vástago de la relación. Y que también sería testigo casi inmediato de los hechos, un domingo de picada, asado y sol.

Ellos eran vecinos nuestros, vivían a la vuelta sobre la esquina de Blasco Ibáñez y Miguel Cané. Una familia de clase media baja como cualquier otra del populoso Gran Buenos Aires. Aunque con sus particularidades. La noticia, por supuesto, conmocionó al barrio, nadie podía salir de su asombro. Sobre todo, porque, con el correr de las horas, a la consternación, se sumó el detalle de los aberrantes hechos.

Las luces de los patrulleros, el perímetro de la vereda demarcado con cinta blanca y roja y las camionetas de la policía científica donde cargaron los cuerpos, todo me causó una terrible estupefacción: yo había entrado en reiteradas ocasiones a esa casa, había tratado a ese hombre de casi ochenta años muchas veces, si me lo cruzaba casi todos los días. No puedo negar que tal cercanía con un suceso criminal me despertó una oscura e intrincada morbosidad. Aunque aún más turbia era la trama que envolvía a esta desgraciada familia.

 

No sabemos la cantidad de veces que Cristina habrá intentado persuadirlo. Para que él entendiera sin cerrarse como un nene caprichoso. No era para nada fácil sacar la conversación sobre sus deseos de irse. Cada vez que lograba que hablaran del tema, él se enfurecía o se largaba a llorar:

―Pero cómo me vas a hacer esto…¿no ves que ya soy un viejo de mierda? ―decía él, apelando a su sensibilidad o a su lástima.

―Yo ya cumplí, viejo, ya te acompañé…el Sergio es grande, necesito que me entiendas ―decía ella, conciliadora, tolerante, esperanzada.

El tiempo de las discusiones y confrontaciones había pasado. Había aprendido, con los años, que lo mejor era el camino de la disuasión y los cumplidos, que la furia y los enojos eran un laberinto sin salida. Y un día el milagro ocurrió. Él le dijo que estaba bien, que había estado pensando, que si era lo que ella realmente quería y la hacía feliz, que él la iba a apoyar:

―¿En serio me lo decís? ¡Gracias, papi!, yo sabía que por fin ibas a entenderme…si las cosas pueden quedar bien entre nosotros―dijo ella, con una sonrisa de oreja a oreja y abrazándolo.

―El domingo podemos hacer un asadito…y unas empanadas… será como nuestra despedida ―dijo él, mirándola a los ojos.

 

La historia más compleja de reconstruir tal vez sea el pasado. Un pasado igual de escabroso que los acontecimientos que aquí relatamos. Una historia signada por el infortunio acaso desde el punto cero. El halo del atávico estigma de la endogamia, más común si nos alejamos de la gran urbe capital de la república. Cristina y Rodolfo Amadeo Tapia eran parientes. El padre de Cristina y Rodolfo eran hermanos. Entonces, su tío, la trajo de Tucumán a Buenos Aires a vivir con él, para que estudiara y trabajara, para que tuviera mejores posibilidades que en aquella pobre provincia del norte. En ese momento ella tenía unos quince años y él más de cuarenta y dos hijos de dos matrimonios diferentes. Pero, como sabemos, nada de todo ese prometedor futuro finalmente sucedió. Muy lejos de casa y ante una figura que podía tener el predominio incuestionable de la autoridad, antes de cumplir los dieciocho ya había dado a luz a Sergio Enrique Tapia, una criatura que nació con mal formaciones y un pequeño retraso mental.  Sin siquiera haberlo imaginado, su piel mutó de cándida adolescente llena de sueños a madre precoz.  Luego los años sólo pasarían. Su realidad sería de cautiverio, su voluntad poco menos que de sumisión.

Aunque las cosas comenzaron a cambiar un poco cuando Sergito promediaba la adolescencia. Cristina empezó a hacer algunos trabajos como servicio doméstico y acompañante de personas mayores, pese a la resistencia de Rodolfo. Era un gran cambio, en realidad: comenzar a pasar horas fuera de casa y a tener su propio dinero, a ver y sentir la vida desde otro lugar. Claro que iba a haber rispideces:

―No te entiendo…no hace falta que vos trabajes, si no te hago faltar nada ―dijo él, ofuscado.

―Papi, vos dentro de poco te vas a jubilar…con eso no nos va alcanzar. Además, nunca están de más unos pesitos, ¿no? ―decía ella, resuelta y persuasiva.

―¡No hay ninguna necesidad, Cristina! ―alzaba la voz Rodolfo y la dejaba hablando sola.

Con los años, Cristina sólo paraba los fines de semana en la casa, había conseguido trabajo en un geriátrico de Capital. Todo parecería indicar que no hubo una separación explícita entre ellos. Más bien, el tiempo y la cotidianidad fragmentaron de manera natural el vínculo, en ese nebuloso terreno de lo tácito. Él hacia la ancianidad, y ella paulatinamente hacia otra etapa de su vida.

 

Era un hermoso mediodía soleado de domingo. Esa tarde se enfrentaban San Lorenzo y Huracán y Sergio llevaba puesta la casaca del cuervo. Desde el patio venía el sonido y el olor de la carne haciéndose en la parrilla. Sobre la mesa del comedor había fiambres, quesos y bebidas varias. Desde temprano nomás Rodolfo llevaba despacio su Cinzano con soda. Estaban sentados a la mesa Rodolfo, Sergio y Camila, la ahijada de cuatro años de Sergio. Y Cristina que iba y venía de la cocina. Sergio le contaba a su papá sobre un nuevo modelo de equipo de música que había visto en el centro. Y entonces algo faltaba. Algo que quizás Rodolfo cuando fue temprano a hacer las compras se olvidó o compró de menos. Podía ser pan, hielo, helado o soda. El hecho es que lo mandó a su hijo de una escapada antes de que cerraran. Sergio y Camila, tomados de la mano, salieron para el almacén. Ni en sus peores sueños previeron que al regresar sus vidas ya no serían las mismas.

Es muy probable que Cristina no haya tenido plena consciencia de su muerte.  Se encontraba sobre la mesada de la cocina haciendo las empanadas. Tal vez lo último que escuchó fue la cumbia que acababa de poner el vecino. Rodolfo Amadeo Tapia la ultimó a traición, por la espalda, de manera violentamente atroz y sanguinaria, con arma blanca. Luego, sentado en el comedor, con el doble caño de un pistolón hincando su paladar, se voló lo sesos. Unos minutos después Sergito y Camila abrían la puerta. De fondo sonaba Y que has hecho de mí del Grupo Sombras.

 

Aquel día en que a Cristina le fue arrebatada su vida, ella de verdad estaba feliz. Con cuarenta años recién cumplidos vislumbraba un nuevo comienzo. Alquilaría una casita o un departamento. Tendría su espacio, sus actividades, su tiempo. Sería, tal vez, lo que tantos años de madre y ama de casa jamás le permitieron experimentar: una mujer soltera, independiente, disponible. Sería, quizás, lo que nunca pudo ser: una mujer libre. La autopsia reveló que la herida mortal fue la del trapecio, un hachazo de más de doce centímetros de profundidad.

 

 

Epílogo

Quien escribe sabe de muy buena fuente que Cristina se encontraba, desde hacía por lo menos un año, en una relación con un tal Oscar, hombre de unos cuarenta y cinco años, que se desempeñaba en el área de mantenimiento del geriátrico de Belgrano en el que ella trabajaba. Rodolfo Amadeo Tapia, jubilado de 77 años nacido en Tucumán y ex policía bonaerense, tomó conocimiento de esta situación dos meses antes del ominoso desenlace. Lo supo por boca de su hijo Sergio.

 

 

 

martes, 10 de noviembre de 2020

Breve historia del Crimen Organizado

 

Por estos días se sumó a la extensa lista de esta clase de modalidad delictiva, un nuevo episodio protagonizado por los denominados ‘motochorros’. El suceso ocurrió en el partido de Malvinas Argentinas, en el noroeste del conurbano. ¿La particularidad? Quien acometió el atraco es miembro activo de la Policía Bonaerense. Claro que, lejos de sorprendernos, la implicancia de integrantes de la fuerza en hechos ilícitos se ha convertido, con el correr del tiempo, en el pan nuestro de cada día. Sobre esto trata La Bonaerense 2, la secta del gatillo, de Ricardo Ragendorfer, publicado allá por 2006. Meternos en el universo de esta obra, a la cual precede La Bonaerense, Historia criminal de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, publicado en 2002 y escrito a dúo entre Ragendorfer y Carlos Dutil, es como tomar un curso acelerado sobre la dinámica de funcionamiento, contradicciones y tensiones de los poderes fácticos de nuestra sociedad. Porque una institución de la envergadura de la Policía Bonaerense, una de las fuerzas de seguridad más importante del país y que fue fundada en la década del cuarenta nada menos que por Perón, no podría ser corrupta y criminal por sí sola, sino más bien como parte de un entramado más oscuro y complejo que involucra y contiene a los Poderes Político y Judicial. Producido durante momentos álgidos del país, entre la segunda mitad de los 90’s y los primeros años de los 2000, La Bonaerense 2, la secta del gatillo nos presenta una certera conclusión: la participación de miembros policiales en actos delictivos no es una mera excepción, sino que, por el contrario, obedece a una estructura de crimen organizado, a tal punto de ser éste su base de sustentación. Por lo demás, podemos decir que la avezada pluma de Ragendorfer, titánico referente de la sección Policiales de innumerables medios gráficos, con su llano y rústico estilo, se apoya sobre la construcción de escenarios, ambientes y climas como si de una clásica novela negra se tratara. Por eso, y por su invaluable valor documental, ya merece un lugar en nuestra biblioteca.

 

 

sábado, 31 de octubre de 2020

Guernica, propiedad privada y déficit habitacional

 

Hace unos años, cuando laburaba como remisero en San Isidro, me tocó llevar a una señora muy simpática y conversadora, tenía unos 85 años y una predisposición vital muy vivaz. Me contó algunas anécdotas de su vida y me dijo un par de cosas que me quedaron dando vueltas. Una de ellas fue: cuando yo era joven, nosotros sabíamos que si nos rompíamos el lomo laburando podíamos tener nuestra casa propia, hoy, ustedes, los de tu generación, saben que por más que trabajen mucho no van a llegar. Sin saberlo, esa señora condensó en esta frase basada en la vida real y no en libros de sociología, una buena parte de la historia de este país. La toma de tierras de Guernica es una urgencia, que se precipitó de manera multicausal por la pandemia. Pero lamentablemente sólo es la punta del iceberg. Y no hago referencia acá únicamente a las personas en situación de calle o que están por debajo de la línea de pobreza, sino también a ese amplio espectro llamado clase media. El 80% de quienes están leyendo esto son inquilinos, o sea alquilan una propiedad para vivir. Y todos sabemos que alquilar se ha vuelto cada vez más complejo. Las condiciones y requisitos que se solicitan son altamente excluyentes, en términos de presentar avales legales, en términos de cuestiones personales y en términos de montos. Y en el caso de que esos requisitos y condiciones sean más laxos, el inmueble en cuestión en general es un lugar en el que nadie en su sano juicio elegiría vivir. Una flamante ley de alquileres, en vigencia desde julio, promete traer un respiro a los inquilinos, ‘amplía sus derechos’ sostienen sus promotores. A pesar de esto, habría que ver, en términos reales y prácticos, hasta qué punto va a resultar beneficioso, pues la última palabra siempre la tiene el propietario, que podría incluso no alquilar más su inmueble… o volcarse al mercado no regulado. La casa en la que actualmente vive mi padre, un hombre de 75 años que sólo se dedicó a trabajar, la pudo obtener a través de un plan quinquenal de Perón, en la década del 60. ¿Se podría lanzar hoy un plan quinquenal como en aquella época? ¿Alcanzaría un programa de acceso a la vivienda de esas características ante la demanda actual? ¿Existen las plazas suficientes para que todos podamos tener nuestra casa propia en un país que tiene la octava extensión de tierra más grande del mundo y en la que habitamos unas 50 millones de personas? ¿Es sostenible el plan Procrear en el contexto de una economía inestable? ¿Cuánto dinero mensual necesita hoy una pareja de veinteañeros para alquilar, vivir, comprar un lote y mientras tanto construir su casa? ¿Cuántas personas pudieron acceder a su casa propia en los mejores años del kirchnerismo? ¿Qué papel juega, en toda esta situación, la tan mentada oligarquía terrateniente de este país? El déficit habitacional no es una problemática propia de Argentina. En Estados Unidos, un país desarrollado y de economía pujante, cada vez hay más homeless y ciudadanos de clase media viviendo en autos en estacionamientos abiertos. En Europa, hay casos de jóvenes trabajadores y estudiantes que viven en departamentos de 10 metros cuadrados. En África, las precarias condiciones de hábitat llevan a las masas a morir por infecciones como el cólera, la polio y la tuberculosis. Como hemos escuchado en estos últimos meses, la pandemia ha sacado a la superficie problemas de vital importancia, que hasta que el mundo no se paró se podían seguir metiendo bajo la alfombra. Y mientras tanto el número de muertos por Covid-19 aumenta, el cambio climático se recrudece, la economía se hunde y buena parte del mundo se prende literalmente fuego. Tal vez haya llegado el momento de empezar a pensarnos como sobrevivientes. Lo que, en el mejor de los casos, implicaría un cambio en nuestra consciencia.


Qué se puede hacer salvo ver peliculas #1 - Terminator 2: El juicio final (1991)

¿Qué se puede decir de un clásico que ya tiene 30 años? Hacía bocha de tiempo que no la veía, y no sé si no fue esta la primera vez en verla...