¿Cuándo deja una persona
de tener ‘toda la vida por delante’? Y cuando eso sucede, ¿qué hay de todos
esos años de vida que le quedan hasta morir? ¿Son inválidos? ¿Son estériles? ¿Son inocuos? ¿Son acaso una tenue sombra de lo que alguna vez fue? Extraño tener siete años.
Cuando la llama del fuego sagrado era sólida y altiva. Y no importaba, tal vez,
otra cosa. Porque la inocencia saldaba todas las deudas, todas las dudas y no
tenía tiempo de pensar en la tristeza. No había, de verdad, ni pasado ni
futuro. A lo sumo la tarea de matemáticas para presentar al otro día. No
romantizo la niñez. Pero cómo quisiera volver a sentir el fuego interno de
aquellos días. Donde literalmente todo era posible: levantarse de la cama,
hacer los mandados, hablar con otras personas, andar en bicicleta. Todo era una
aventura. Todo tenía sabor a nuevo y excitante. Todo parecía ser un gran juego
en el que cada cosa tomaba su lugar, no había intención ni voluntad, sólo un
genuino deseo interior que todo lo comandaba. Si el amor existe, es ese niño de
siete años. Que no importara qué pasara. Pues tenía, ante todo, como un
valeroso escudo, una impetuosa sonrisa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario