No hay un bosque atrás de la casa de Alan. Aunque se
empecinara en decir que sí. Aunque nos mostrara fotos oscuras en su celular,
fotos inentendibles, que podían ser de cualquier otro lugar. Aunque nos dijera
que él había ido muchas veces, pero que sólo se podía visitar de noche. Pobre
Alan, ningún bosque.
Él nos insistía. Nos decía que había intentado ir de
día pero que no había podido llegar, que las cuadras se le hacían
interminables, que se desorientaba y terminaba perdido. Trataba de explicarnos.
Y nos insistía. Durante mucho tiempo lo hizo. Creía en lo que nos decía. Creía
en nosotros, cuando lo escuchábamos, cuando lo mirábamos a los ojos.
Nadie podría culparlo. Nadie podría nunca culparlo de
nada. Yo creo que en el fondo algo intuía. No podía ser de otra manera. Su
sensibilidad era muy particular, sobre todo después del accidente. Ahí fue que
cambiaron las cosas. Se salvó de milagro, pero para ser otro.
Y por qué, lo interrogaba uno de nosotros, siguiéndole
la corriente.
No sé, decía él.
Él y sus mentiras. Siempre. Nos tomaba el pelo desde
que éramos chicos, que éramos unos tontos.
Si sólo nos quedáramos en la superficie. Si no fuera una
condición la de hurgar lugares antes habitados. Quizás hoy las cosas serían
diferentes.
Las cosas podrían haber sido diferentes.
Nosotros siempre nos quedábamos en la superficie. Para
qué ir más allá. Para qué hurgar campos antes habitados.
Sólo queríamos sobrevivir, hacer que todo fuera menos
cruel.
Nosotros no sabíamos. No sabíamos que algo así pudiera
pasar. Nos habíamos acostumbrado a que las cosas fueran así, a quedarnos en la
superficie, a no preguntar sobre aquellas fisuras que estaban en el aire, que
agrietaban cierta forma sólida de lo que éramos.
Lo abandonamos. O nos abandonamos. Pero no cuando
todos creen.
Alan, Gustavo y yo nos conocimos cuando teníamos cinco
años.
Nunca quisimos cometer un crimen perfecto. O algo
parecido. Sólo tratábamos de sobrevivir, de hacer menos cruel todo. No me
enorgullece lo que hicimos. Pero él ahora está mejor, ahora es digno, no es
vida arrastrarse en una silla de ruedas.
No me incomoda hablar de Alan. Pero tengo que decir
que no había ningún bosque atrás de su casa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario