lunes, 23 de noviembre de 2020

El influjo de la luna

 

Una tarde se me dio por escribirle. Raro. Mis mails nunca pasaban de las dos o tres líneas. Escribir, tratar de llegar a algún lugar de esa forma, era para mí, por aquel entonces, como hablar por teléfono: quería cortar lo antes posible. No lo podía controlar. No encontraba modo de que las palabras salieran, de que tipear una oración fuera tan fácil como decirla. Y no podía tampoco refrenar el impulso corrosivo de darle click a enviar. Sobre todo, eso. Como una bomba que estuviera por estallar en mis manos. Como si ahí, en ese acto nimio e idiota de clickear, hubiera una liberación.

Escribía lo que se me venía a la cabeza. Cualquier cosa. Sin importar la manera y separando las ideas con enter. Podía escribir sobre una película o un poema o una canción o los vecinos. Sobre el color azul o el número 7. Sobre la forma de las nubes o un pasacalle de publicidad religiosa. Sobre lo viejo que era este país. No importaba en realidad de qué. El hecho era llenar el vacío, incomodarlo, que hubiera algo en donde antes nada. Quizás intentar entablar comunicación.

Podía estar una o dos o tres horas escribiendo sin darme cuenta. Hasta que llegaba un momento en que levantaba los dedos del teclado y me sentía terriblemente cansado. Un cansancio denso e insoportable. Entonces me tiraba en la cama y me quedaba dormido. Y al despertar al rato tenía la sensación de haber estado durmiendo durante horas. Entonces salía.

Caminaba sin apuro al comenzar la noche. Las noches de verano son como la desnudez, hay más bien una relación íntima entre eso que está aconteciendo y uno. Como si de verdad cualquier cosa pudiera pasar de manera auténtica, inevitable y única. El hecho es que caminaba así sin un rumbo determinado. Parecía haber llegado al lugar del despojo absoluto. A ese lugar, inesperado.

En esas caminatas no pensaba en lo que había escrito. Sí pensaba en ella, en lo que le pasaría al leerme. Si se acordaría de mí, si me reconocería en esos textos. O si al leerme pensaría en otra persona. Esto último hubiese sido lo peor. Es que yo solamente escribía para ella...no era justo. ¿Se daría cuenta que era yo? ¿Se daría cuenta que a pesar de todos estos años, era yo? ¿Qué tenían en común el que había conocido con este otro aparecido que le escribía mails? ¿Y quién era realmente el que escribía todos esos textos, el que mandaba todos esos mails?

Nunca contestaba. Y no es que me enojara o pretendiera que lo hiciera. Yo escribía para ella y eso era lo único que importaba. Volver a hacerlo cada vez, con el mismo inequívoco impulso, con la misma forma tonta o caprichosa en que se dejan caer las palabras. Quién sabe qué tan importante pueden ser esos vestigios de fragilidad para alguien. Quién sabe qué pueden hacer estos precarios signos por los golpes de la sangre o la sordera incurable en se escurren los días de la vida. A veces pedimos demasiado.

Nada nos puede separar, decíamos. Porque los lazos se forman para siempre, pensábamos. No sólo teníamos la vida por delante. También teníamos el amor y la fe, también buscábamos esa porción de dicha que nos hiciera sentir trascendentes, que cubriera de sentido las horas del día. No sé cuántos mails le habré mandado. Ya no podría asegurarlo. ¿Cien? ¿Doscientos? ¿Mil? En algún momento se esfumó esa noción, esa seguridad, esa mentira de tenerlo todo bajo control. De querer contener en un número la sobriedad, el espanto, la desesperación.

Durante mucho tiempo le seguí escribiendo. Cuando volvía del trabajo o después de cenar, me sentaba frente a la computadora y me dejaba llevar. No se trataba de un refugio ni de un ritual, era más un acto de reflejo, un desborde de ese acontecimiento, un influjo de la contingencia. Se trataba de transportar la corazonada al cuerpo de un mail, a esa zona prodigiosa del error. Se trataba de sacar y de extinguir. De ver si por tipear volvía algún destello. Se trataba de mí.

 

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