Cuando Flores robadas en
los jardines de Quilmes se publicó en el invierno de 1980, rápidamente se
convirtió en best seller. Y como dice el mismo Asís, tuvo entre sus
particularidades ser un parteaguas: de un lado los que la defenestraban, y del
otro quienes la tomaron como una bocanada de frescura en plena dictadura. Era, si
se quiere, una patada de posmodernismo en medio de una época convulsionada por
los aires de cambios radicales. Y era, también, si se quiere, una suerte de
consuelo diáfano ante el fracaso, la decepción y el terror. ¿Se puede hablar de
esta novela sin un ‘posicionamiento político’? ¿Hay en ese récord de ventas inicial
un desahogo generacional? ¿Se trataba acaso de una novela ‘para intelectuales’?
¿Se podría tranquilamente haber llamado Diario de un cretino? ¿Abre o presenta
esta novela, tal vez sin saberlo, ese recurrente tópico que sobre vuela el éter
cada determinados años: “irse del país”? No están acá las respuestas. Sería
interesante rastrear desde cuándo se instaló esa idea de emigrar, si
consideramos que aproximadamente entre las décadas del 40 y del 80 se produjo
la estampida de los cabecitas negras hacia lo que hoy conocemos como AMBA. Y si
consideramos, también, cuán en auge se encuentra en este momento, fogoneado por
los autopercibidos libertarios bajo las consignas ‘este país es inviable’, ‘la
única salida es Ezeiza’, ‘somos Venezuela’. Por lo demás, vale decir que, en
1980 se publicaron, en principio, dos grandes y significativas obras de la
narrativa de este país. Una es Respiración Artificial, de Ricardo Piglia. Y la
otra es Flores robadas en los jardines de Quilmes, de Jorge Asís. Porque sí,
nos guste o no, Asís, el gran fabulador, es un escritor con mayúscula. Y, pese
a quien le pese, su obra ha dejado un inquebrantable mojón en la historia de la
literatura argentina.
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