lunes, 26 de octubre de 2020

Un mundo razonable

 Sobre un camino y siete tempestades. De eso siempre termina hablándome. A mí me da un poco de vergüenza hablar con él, no sé, tal vez sea pudor o culpa. Yo tengo casa, ropa, comida, voy y vengo como si nada, tengo mi rutina. Él en cambio lo único que tiene es una sonrisa agria, un abrigo hediondo, es imposible encontrar algo bueno en eso. No lo juzgo. Sólo digo que es un ser extraño, alguien que se equivocó de mundo, una causa perdida. Porque es verdad que el dinero no lo es todo, pero a mí me ha permitido llegar a donde estoy, desarrollarme, criar a mis hijos. Porque, en definitiva, a las palabras se las lleva el viento, son los hechos los que cambian la vida de la gente, y los hechos, en este mundo, se consiguen con dinero. Que alguien me diga si estoy equivocado. ¿Soy razonable o qué? ¿No es este un mundo razonable? ¿Un mundo que se encarga de poner a cada cual en su lugar, que recompensa al que se esfuerza y es dedicado? En cambio él, que deambula erráticamente por nuestras vidas con su pobre alma, ¿a dónde ha llegado? ¿Qué ha hecho por todos nosotros? ¿Cómo ha mejorado la sociedad? Igual no lo juzgo. Él habla y me cuenta sobre historias que ha leído y escuchado, me dice que le gusta mucho no sé qué cosas del antiguo oriente. Me cuenta sobre una fábula del camino de las siete tempestades. Y yo lo escucho. Lo escucho mientras le doy su vianda, si no me cuesta nada. Hay que ayudar al prójimo.

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