Qué más quisiera yo que
estar con Giselle, tomando una cerveza y siendo un tipo feliz. Sentado en el
cordón de un barrio cualquiera, mirando sus gestos y facciones, mientras cae la
tarde, sin importar otra cosa o acaso la brisa de los árboles. Ella me hablaría
de política, de filosofía, sobre injusticias sociales o causas urgentes, me contaría
sobre sus deseos de realización y sus planes a futuro, me retrucaría sin
ofensas bajas mis pelotudeces. Y yo haría lo que mejor sé hacer: asentir. Y
sostenerle la mirada. Y también me haría el librepensador, el soberbio, el que
ya pensó formidables soluciones para todos los problemas de este mundo. Pero
todo eso sería lo de menos. Lo importante sería tenerla a ella, su compañía,
atesorar ese momento en algún habitáculo del cerebro. Lo realmente importante
sería pararse en la vereda de en frente y decir: miralos a esos dos, la están
pasando bien, y sacarnos una foto. Una foto que vaya al archivo mundial de
personas que, al menos por un momento, un día de primavera, en el culo de la
vía láctea, fueron felices. Y no necesitaron más que estar un rato juntos.
Porque si no ocurre lo contrario. Porque la vida no perdona. Siempre nos va a
pasar por arriba.
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